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Ejemplo con su vida

Publicado el 01/Noviembre/2008 | 00:10

Columna del Padre Roberto

En estos días de difuntos recorremos en el corazón la lista de los muertos, esa letanía de seres queridos que han partido ya de esta vida. Evocar sus nombres es desplegar en el alma ese pliegue íntimo de la realidad que fue cada una de esas vidas evocadas en el murmullo de una oración o en el dolor de lágrimas que se deslizan con emoción contenida al recordar momentos felices compartidos con ellos y que ahora se extrañan. Es que también "somos el resultado de los encuentros que hemos tenido" y las vidas de nuestros padres, maestros, colegas, amigos y pareja nos marcan con profundas huellas y, a medida que se nos mueren, imprimen nuestro vacío con un magnetismo de añoranza y con el deseo de un futuro reencuentro.

Esos referentes maravillosos que todos tenemos dentro merecen un recuerdo fiel, pues, como nos enseña la doctrina cristiana, ellos nos confieren "ejemplo con su vida, compañía con su amistad y ayuda con su intercesión". Así, a medida que se nos van muriendo familiares y amigos, nos van dejando a nosotros en primera fila y entonces experimentamos sentimientos cruzados que se han narrado bien en la literatura hispana desde el arcipreste de Hita: "¡Ay, Muerte, muerta seas, muerta y malandante!", hasta Santa Teresa: "Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero" o San Francisco de Borja: "No quiero más servir a Señor que muera".

El tema de la muerte es buen asunto para sincerar nuestras almas, aligerar los equipajes y prepararnos también nosotros para el día de nuestro propio desenlace. No cabe duda de que tenemos miedo, en parte, por lo incierto de ese trance (a Buñuel le horrorizaba viajar en sus últimos años, entre otras razones, por miedo de morirse solo en la habitación de un hotel). Pero, en parte, también porque nos desgarra pensar en separarnos de nuestros seres queridos, de nuestros asuntos, de nuestro propio cuerpo. Y, sin embargo, morir es también liberarse de muchísimas ataduras, configurarse con Cristo y entrar en el misterio definitivo del encuentro con Dios. Si morir nos permite abrazar otra vez a esa hija muerta prematuramente o fundirse por la eternidad con el Bien Supremo que es Dios; si morir nos va a permitir sentir saciados al fin todos los deseos y vivir por siempre la intensidad del amor en todas sus vertientes, entonces hay que superar el miedo y sustituirlo por la firme esperanza de la futura resurrección,
"pues la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, sino que se transforma", como reza el prefacio de la Misa de Difuntos.

Quizá mañana vayamos a misa, o al cementerio con unas flores, o sencillamente entremos en nuestro propio corazón y pongamos allí una vela espiritual a nuestros queridos y fieles difuntos. Hay que hacer un espacio para el sentimiento, los recuerdos y la gratitud, entre otras razones, para que desde la otra ribera del río de la existencia nuestros difuntos puedan ver la hondura de nuestro amor y la herida que nos dejó su ausencia y suplir así lo que en vida no alcanzamos a decir ni a expresar suficientemente porque no imaginábamos que la muerte llegaría por sorpresa y con premura. Aprendamos la lección y hablemos a tiempo con quienes caminan todavía a nuestro lado por el sendero de esta vida y nos sentiremos confortados sin dejarnos nada en el tintero.

rofer@hoy.com.ec

Hora GMT: 01/Noviembre/2008 - 05:10

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