Ernesto Albán Gómez
elaban@hoy.com.ec
La veeduría internacional, designada para la restructuración de la justicia, declara que los edificios y locales en que funcionan los juzgados y tribunales son en su mayoría absolutamente inadecuados. Bueno: eso ya lo sabíamos desde hace mucho tiempo. Es posible que en próximos días nos cuente que las cárceles ecuatorianas son hacinamientos infrahumanos, en los cuales resulta imposible cualquier programa de rehabilitación.
Mi preocupación surge precisamente porque estas informaciones son, en la práctica, decididamente intrascendentes. Se trata de hechos notorios, para conocer los cuales no hacía falta constituir ninguna veeduría. A ningún costo.
Debo confesar que nunca tuve fe en esta veeduría; pero ya que se integró la comisión, lo menos que se puede pedir de ella es que aporte con revelaciones de importancia sobre el proceso de reestructuración, y que formule recomendaciones verdaderamente útiles.
Seamos claros: este proceso ha cosechado, desde su inicio, serios cuestionamientos; y no solo de parte de los políticos de oposición, sino también de los ámbitos académicos y profesionales y de los medios independientes de comunicación. Los datos que se han divulgado sobre la forma en que se han llevado los concursos son, por decir lo menos, inquietantes; y si ese es, como lo es efectivamente, el meollo del proceso, ese debería ser el tema central de las investigaciones de los veedores y de sus informes.
Una buena administración de justicia necesita mucho más que buenos edificios y una tecnología de punta. Estos elementos ni siquiera son los más importantes, aunque sea bueno contar con ellos. Un buen juez seguirá siendo un buen juez aunque escriba a mano y atienda en un despacho de 10 metros cuadrados. Lo fundamental, hay que repetirlo hasta el cansancio, consiste en la calidad de las personas que desempeñan las distintas judicaturas. Contando con esto, lo demás viene por añadidura. Y calidad quiere decir, en primer lugar, conocimientos, tanto más profundos, cuanto más alto sea el nivel judicial que una persona va a ocupar. Pero, sobre todo en las actuales circunstancias, honestidad a toda prueba. Un juez honesto no caerá, por cierto, en las tentaciones de la corrupción, la más obvia de las deshonestidades; pero también mantendrá estrictamente su independencia frente al poder político o a cualquier otro poder, que trate de obtener resoluciones favorables en los casos en que esté interesado. Las sentencias expedidas en el caso El Universo son una muestra patética de lo que no debe ser.
Es por eso que también quisiéramos escuchar el pronunciamiento de los veedores sobre la percepción actual de la ciudadanía sobre la independencia de los jueces. Si los veedores quieren realmente cumplir su tarea deberían hacerlo sin temor alguno.
Finalmente me hago otra pregunta, puramente retórica, a sabiendas de que la respuesta será negativa: ¿se animarán los veedores a decir algo sobre las actuaciones de la Corte Constitucional y sobre su futura integración? A final de cuentas, se ha convertido en el órgano máximo de la administración de justicia.
Autor: Ernesto Albán - ealban@hoy.com.ec Ciudad Quito






