Un año después de la aparición de los primeros síntomas de la crisis financiera global, todos los indicadores confirman que la fiebre se ha extendido ya, con singularidades propias de cada país, a la generalidad de las economías.
Las europeas han sufrido un rápido retroceso, especialmente las de países tan importantes como Alemania, Francia, Italia y, desde luego, España, todas ellas en crecimiento negativo o próximo a cero respecto al trimestre anterior.
Y lo que llevamos de la segunda mitad del año no solo confirma esa debilidad, sino que la extiende a otras economías (Japón vuelve a la senda de recesión) y acentúa la incertidumbre acerca del momento de su superación.
La crisis afecta de manera más intensa a los países que han vivido una expansión mayor del sector de la construcción, como España.
Pero ninguna economía escapa ya a los efectos del aumento de precios de las materias primas y de la prolongada crisis de los mercados de crédito y las estrechamente asociadas amenazas que siguen pesando sobre algunos sistemas financieros.
Esa coexistencia de perturbaciones de distinta naturaleza, que requerirían terapias en parte contradictorias, complica las decisiones de política económica.
Europa ha de resolver de forma coordinada los problemas comunes, como los relativos a la estabilidad financiera. Y ahí el papel del Banco Central Europeo (BCE) es importante.
Hasta ahora ha puesto más celo en acreditar su empeño antiinflacionista que en el crecimiento de las economías y la capacidad de las mismas para generar empleo.
Hora GMT: 21/Agosto/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Opinión El País
