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Dueño del silencio

Publicado el 01/Noviembre/2008 | 00:07

Por Juan Montaño Escobar

Quien cuenta las razones de su silencio reparte el secreto, pero aun así no deja de ser silencio. Las patrias como los vecindarios deberían ser de muchas gentes, si es que no puede ser de cualquier gente. Anónima, ciudadana, pequeña, sin más poder que aquel que se consigue por haber llegado hasta ahí. Eso dicho en clave de jazz: estación simbólica de lo más plural y diverso. Hay sitios del Caribe y de su vecindad geográfica, en los cuales Dios, con sus nombres del pasado y de hoy mismo, es el diálogo de la diversidad cultural. Son ideas de la novela Un silencio que camina, del escritor dominicano Mateo Morrison, y me lo confirmó Patrick Dorder, periodista surinamés de Radio Nederland (wereldomroep).

En el libro, con inocultable carga autobiográfica, Morrison refiere a los tres meridianos religiosos que cruzan por la familia de uno de los personajes: "Abuela adventista, padre episcopal y madre católica". Y no había tropezones porque ninguno de los cantos correspondía a esa instancia emocional, sino a un sentimiento más antiguo y al final más intuitivo de "las vidas que todavía les faltaban". Patrick contaba que en su ciudad, entiendo que es Paramaribo, al frente de la sinagoga está la mezquita y al lado de esta el templo evangélico, un poco más allá la casa de cultos africanos. Así es que en una mañana dominical, el va y viene, es por el festejo a los distintos apodos de Dios o sea a la amistad sin estorbos de dogmas del corazón. Es el camino del tiempo de los amores desesperanzados y de la amistad dolorosa, referidos en la novela del dominicano.

Mateo Morrison celebra la amistad por encima del amor; el tema como él lo cuenta no envejece y parece ser el atisbo de una narración primordial. Con que la amistad es el tema y los demás se subordinan, inclusive el del amor. O el amor es el pretexto para hablar de la amistad.

Tres cuerpos juntos, en el camino que lleva a Villa Catalina, en la vía, tres amigos y un amor. Pueblo chico inmensas historias o grandes novelas. Momón (por Ramón) y Mario son citados por Teresa, sin saber de la amistad de ambos, a un recodo del camino. Y llegan para encontrarse con la sorpresa triste y el deleite a la deriva.

Es el desaliento. "Su retorno sería de angustia para los tres, aunque la soledad sería para uno, también nos sentiríamos solos los otros dos, porque ya no seríamos tres y la soledad ni siquiera depende de una multitud, es un problema del alma". Teresa desapareció con ruidos de pompas de jabón. Los amigos quebraron la amistad hasta fracturar a Villa Catalina en grupos irreconciliables lo que obligó a postergar las fiestas mayores para días más tranquilos.

Fue abrazo de trifulca perdido para siempre en el lodo, porque Momón tiraba bolas indescifrables desde el montículo del pitcher, mientras Mario se metía en revoluciones y combates a marines en la plenitud de un abril del Caribe.

axe858@hoy.com.ec

Hora GMT: 01/Noviembre/2008 - 05:07

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