Por Marena Briones Velasteguí
mbriones@hoy.com.ec
Desconozco cuánto de razón habrá en todos esos apretujados y mullidos abrazos que en estos últimos días han acompañado tan querendonamente mi tristeza. Quiero decir que desconozco aún de qué nomás va a estar hecho el camino de este especial duelo que he empezado a recorrer. Desconozco todavía de qué diversas maneras mi madre irá mudando con su ausencia cada espacio larga y estrechamente compartido. Desconozco todavía de qué otros modos atraparé su sonrisa y me llenaré de sus caricias; de qué otros modos habré de quererla y habré de agradecerle que haya sido quien fue. Desconozco aún cómo me iré rehaciendo con cada recuerdo en el que ella esté y con cada certeza de que, de aquí, de donde yo aún estoy, ella ha partido, como yo misma partiré algún día.
Seguramente uno de esos apretados abrazos, regalo de la vida, tiene razón cuando escribe: "Ella se fue al misterio, allí de donde había salido, y nuestro último gesto de amor visible es entregarla al Misterio sin pretender retenerla. Los recordaremos, recuperaremos momentos muy especiales, quizá llevaremos flores cabe su lápida o celebraremos una eucaristía
Todo eso es lo que podemos hacer quienes quedamos del lado de acá. Los que se fueron
no viven de nuestros recuerdos. Y no hay conceptos para intentar decir cómo puede ser su vida. Quizá si uno escucha la Palabra que es el gran poema de Dios hecho historia
pueda entrever como en un relámpago de belleza "lo que ningún ojo vio y ningún oído escuchó".
Pero, la nostalgia duele. Duelen los lugares que eran suyos. Duelen sus lecturas preferidas. Duelen sus programas favoritos. Duelen las noches de los lunes, los miércoles y los viernes, cuando ya no puedo recogerla de sus sesiones de hemodiálisis. Duelen sus hilos, sus pinturas, sus encajes, sus agujas, sus pinceles, sus cajas no decoradas por sus manos, sus blusas y sus vestidos, sus recetas de cocina, sus zapatos, sus papeles conservados por años, sus fotografías de antes y las que fueron llegando después. Duele su querida y colorida colección de payasos. Duele la fidelidad con la que atesoraba huellas viejas de sus hijos y cada gesto de amor de sus nietos.
Duele la memoria de su envidiable fortaleza y de su entereza siempre luchadora. Duele que ya no esté su palabra franca y sensata. Duele que ya no haya más tirones de oreja, ni reclamos por andar cuidando de ella. Duele la privación de su amor comprensivo y generoso. Duele lo que ya no podremos hacer juntas, lo que ya no podremos contarnos. Duelen el dolor de mis hermanos, el pesar de mi padrastro. Duele la congoja de quienes la amaron. Duelen la amorosa e incansable dedicación de Rocío y el amoroso y esperanzado empeño de Daniel, sus médicos. Duele la entrega alerta y afectuosamente solícita de Luis, de Fabián, de Max, sus médicos también.
Duelen pero, regocijan y reconfortan a la vez- la paz y la lucidez con las que se fue. Duele, sencillamente duele
¨¿Y tú te vas? ¿Te vas?... No, no te vas: yo te retengo
Me dejas tu alma entre las manos como si fuera un manto.¨ (Marguerite Yourcenar)
Hora GMT: 19/Marzo/2010 - 05:18
