Jaime Acosta Espinosa
jjacosta@hoy.com.ec
El diccionario reserva una cordial diferencia entre "discutir" y "disputar". Al primero lo define como examinar atenta y particularmente una materia. Al segundo, lo califica como porfiar y altercar con calor y vehemencia. Se puede discutir pacíficamente entre las partes en conflicto cuando expresan las razones por las cuales defienden su postura. La discusión es para examinar atentamente una afirmación. En cambio, la disputa implica agresividad; se la hace de modo terco, necio e incluso violento.
Por Alfonso Aguiló conocemos la historia del alcalde de una minúscula población que se mantenía inamovible en su función, desde hacía muchos años, y nadie se atrevía a oponérsele en las elecciones municipales. Su dominio era completo. Nadie podía hacerle sombra ni rechistar sus órdenes. Toda decisión, hasta la más pequeña, pasaba por su despacho.
Pasaron los años y un buen día, ante el asombro de todos, apareció otro candidato. Las siguientes elecciones se prometían realmente interesantes. El eterno reyezuelo se sintió afrentado ante la desfachatez de alguien que osaba usurparle el trono. El insólito rival lanzó su programa, distribuyó su propaganda, hizo sus promesas, y llegó por fin el momento de que las urnas resolvieran aquella confrontación. La expectación fue grande. Al final, por un estrecho margen, el nuevo candidato fue derrotado y el viejo cacique, radiante de alegría, pudo respirar tranquilo. Enseguida hizo unas declaraciones a la prensa local. Con un acopio de buenos sentimientos se refirió al vencido contrincante y dijo con voz solemne: "le perdono".
Lo sucedido a ese singular alcalde no es una mera quimera. Se repite en la compostura de varios personajes que consideran curiosamente como una ofensa que alguien les lleve la contraria, les haga legítima competencia o piense de una manera diferente de la suya y, peor todavía, si se atreve a manifestarla públicamente. Cuando el ejercicio del poder se separa del respeto a los adversarios, se enfrenta contra la justicia; se pisotea la justicia y la autoridad se convierte en instrumento para la destrucción de la justicia.
Un político busca naturalmente el éxito de su gestión, que de por sí le abre la posibilidad a la actividad política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia. Cuando éste se convierte en una seducción, abre la puerta al insulto, al abuso, la prepotencia y el autoritarismo. Detrás de un signo de mala educación y de dar mal ejemplo, en esas actitudes hay siempre una explosión de soberbia que pone en la superficie a ese pequeño, o grande, tirano que todos llevamos dentro. Si ese comportamiento viéramos en los otros, nos parecería tan ridículo como el del alcalde que perdonó a quien osó competirle.
La vida social exige una tolerancia mutua, en cualquier ámbito: deportivo, familiar, político… Esa tolerancia no consiste simplemente en soportar o aguantar a quien defiende una posición distinta de la personal, sino en fomentar y agradecer opiniones diferentes que ayuden a madurar y clarificar la propia.
Autor: Jaime Acosta - jjacosta@hoy.com.ec Ciudad Quito






