Quito. 5 jun 99. (Editorial) El 5 de junio de 1895, congregado el pueblo en la ciudad de Guayaquil y considerando "que las ideas liberales son las que están más en armonía con la civilización y el progreso modernos y que son ellas las llamadas a hacer la felicidad de la República", decidió desconocer al gobierno y nombrar "Jefe Supremo de la República y General en Jefe del Ejército al benemérito General don Eloy Alfaro". El Acta fue suscrita por cerca de 15 mil personas. Se había iniciado la Revolución Liberal Ecuatoriana. La Revolución formó parte del proceso de ascenso del liberalismo en los países latinoamericanos. Pero la coyuntura en el Ecuador se produjo por la reacción nacional contra la "venta de la bandera", en la que se vio comprometido el gobierno de Luis Cordero. Los liberales radicales del país lograron capitalizar el descontento contra los "progresistas", el partido de los católicos tolerantes, pero sobre todo y al mismo tiempo, contra los conservadores y la Iglesia Católica, cuya hegemonía política venían combatiendo desde hacía décadas atrás. Alfaro, que se hallaba en el exterior, llegó a los pocos días del pronunciamiento de Guayaquil y se puso al frente de las tropas que enfrentaron al gobierno constituido, hasta tomar el poder. Su campaña militar, apoyada en las montoneras guerrilleras, movilizó el amplio apoyo de pequeños y medianos hacendados, de campesinos, conciertos y jornaleros, de las capas urbanas bajas, de indios serranos, capas medias, intelectuales radicales y hasta mujeres comprometidas con la lucha liberal. Fue la más impresionante movilización popular, después de las campañas por la Independencia, a inicios del siglo XIX. Eloy Alfaro gobernó entre 1895 y 1901 y luego entre 1906 y 1911. El General Leonidas Plaza, su inicial compañero, transformado luego en adversario político, lo hizo entre 1901 y 1905. Lizardo García, el sucesor en 1905, ejerció el gobierno durante unos meses, pues Alfaro nuevamente se levantó y lo derrocó. Desde 1895, Alfaro fue, en consecuencia, el caudillo indiscutible del proceso revolucionario, que logró cambios de trascendental importancia para el Ecuador, como la separación entre el Estado y la Iglesia, la secularización de la cultura, la introducción del laicismo, la promoción de la educación pública general y gratuita, la creación de los institutos normales, la modernización de las instituciones estatales, la introducción de la legislación civil, la promoción de las capas medias, la incorporación de la mujer al trabajo en el Estado, la movilización popular, la institucionalización del nuevo Ejército. Todas, transformaciones que, en el plano jurídico y político, tuvieron enorme repercusión en la vida del país y dieron un rumbo moderno al atrasado Ecuador de la época, junto con la magna obra del ferrocarril Guayaquil-Quito que, además de integrar al país y asentar las bases de su identidad nacional, fue considerada por Alfaro como la obra cumbre del liberalismo. Las transformaciones económicas y de las profundas diferencias sociales se vieron, en cambio, limitadas. Es que el ascenso liberal coincidió con una época de auge de las exportaciones de cacao. Terratenientes cacaoteros y burguesías exportadoras y financieras de la costa también se convirtieron en soporte del liberalismo en el poder y aprovecharon de su hegemonía en el gobierno para ampliar la esfera de sus beneficios y de sus influencias, aunque sin marginar por completo a las capas dominantes serranas. Progresivamente, los sectores populares que había movilizado el radicalismo se desengañaron con la ausencia de una rápida revolución sobre sus condiciones de vida. Alfaro era, a fines de la primera década del siglo XX, un caudillo que políticamente decaía. Su muerte, el 28 de enero de 1912, y la "hoguera bárbara" que ello significó, fue también la muerte del liberalismo machetero y radical. Pero los cimientos de la obra de este liberalismo perduraron por décadas en la historia ecuatoriana. (DIARIO HOY) (P. 5-B)