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Día de pesa de dos viejos amigos

Publicado el 11/Diciembre/2005 | 00:00

El proceso de negociaciones de un TLC con los Estados Unidos, iniciado en mayo de 2004, no ha estado exento de dificultades ni de críticas.
Estas últimas provienen, sobre todo, de sectores que consideran que la apertura comercial significará el ingreso sin control de mercancías estadounidenses y el cierre de empresas y la quiebra de productores nacionales obligados a competir en desventaja. Entre estas hay grupos sindicales y organizaciones indígenas y campesinas.
No obstante, existen también sectores empresariales y grupos de análisis que objetan el TLC. HOY publica en esta página un editorial de Alberto Acosta sobre el tema y la respuesta del jefe negociador, Manuel Chiriboga a ese artículo, que muestran la diversidad de criterios. (LAG)


ALBERTO ACOSTA

Carta a mi amigo Manuel Chiriboga

Artículo publicado en una de las páginas de opinión de HOY el 30 de noviembre

Tu declaración de que el Tratado de Libre Comercio (TLC) podría servir para que nuestro país sea “un poco más capitalista, menos oligárquico, menos rentista, menos corporativo” (revista Renovación), me cayó, sinceramente, como aquella pesa que usabas de niño cuando salíamos a pescar. Recuerdo el efecto que causaba tu enorme pesa, con la que pretendías sostener el anzuelo en las turbulentas aguas de los ríos andinos... no quedaba un pez en varios metros a la redonda.
Conociéndote desde hace tantos lustros, habiendo seguido de cerca tu carrera profesional -recién como viceministro, cuando el principal dirigente indígena Luis Macas fue ministro de Agricultura-, después de haber leído con atención tus múltiples trabajos, estoy desconcertado. No dudo un momento de tu honestidad. Aunque varias veces te he oído que es preferible pelear los cambios desde adentro, me pregunto si realmente crees que el TLC servirá para mejorar el Ecuador.
En negociaciones recientes, Washington mantuvo sus subsidios a la agricultura y sus mecanismos de dumping, ¿por qué va a cambiar ahora? Los EEUU limitaron a las industrias centroamericanas más competitivas, como el azúcar y los textiles, al tiempo que aseguraron amplias oportunidades de acceso para su arroz. El TLC apenas ofrece convertir en permanentes algunas ventajas ya existentes: las preferencias arancelarias andinas, que representan a los gringos, para el caso ecuatoriano, un sacrificio fiscal de unos $40 millones al año. En el campo de las medicinas, las ventajas para las industrias farmacéuticas gringas son reconocidas por el senador Edward Kennedy. En Chile, durante los primeros ocho meses del último año del Gobierno de Lagos, los norteamericanos aparecen como ganadores: las exportaciones totales crecieron en un 22,5%; mientras que las ventas a los EEUU, solo en un 15,5%; al tiempo que las importaciones desde este país aumentaron en 54,9%. Además, bien sabemos que Chile sigue siendo exportador de bienes primarios, que representan un 82% de las ventas totales; situación que no garantiza las mejores condiciones para el desarrollo de un país.
Si el TLC es una propuesta proteccionista a favor de los EEUU, no veo cómo va a facilitar los cambios que tanto necesitamos. La presunta libertad de comercio del TLC es una versión apenas modernizada de la misma dominación que hemos sufrido desde que somos República, algo que tú conoces muy bien por tus profundos y siempre actuales estudios sobre el cacao y el agro en general, Manuel. Si realmente estuviera en juego una propuesta de libre comercio hasta podría entender tus argumentos, como lo hizo Carlos Marx -sí debes acordarte de él, aunque no fue nuestro compañero de pesca-, quien aún cuando no era un defensor de dicha libertad, la prefería a estructuras proteccionistas en las cuales los poderosos imponen sus condiciones.
Si los aspectos negativos parecen de largo mayores que los positivos, ¿no será hora de que medites tu papel como jefe del equipo negociador? No firmar el TLC no significa cerrar la puerta al mercado mundial, ni siquiera al de los EEUU. Es más, ese no podría ser una gran oportunidad para intentar una inserción más inteligente y soberana, en un proceso en el que tu aporte, como cuando salíamos de pesca, será bienvenido.


MANUEL CHIRIBOGA

Respuesta a mi amigo Alberto Acosta

Carta del jefe del grupo negociador del TLC enviada a la Redacción de HOY

He leído con atención tu editorial. Recordé con cariño nuestros paseos de pesca cuando niños, pero no recuerdo las pesas (tal vez es algo que yo tiendo a no cargar por demasiado tiempo); pienso más bien en Jorge Espín, ese querido trabajador de El Cortijo que en su viejo Land Rover nos hizo descubrir los lugares donde mejor se pescaba, las técnicas de la pesca y la generosidad. Nos regalaba alguna trucha para no regresar a casa con las manos vacías.
Efectivamente pienso que los TLC, no el americano en particular, pueden constituir un camino para establecer una economía de mercado. Déjame explicarlo. Primero debemos partir de algo en que creo que coincidimos. El modelo de desarrollo que tiene el Ecuador se caracteriza por la desigualdad, el rentismo, las lógicas de exclusión, el vínculo entre poder político y poder económico. De hecho, eso describimos con detalle en un libro que compartimos: El mito del desarrollo. Allí establecimos con precisión que el modelo imperante no lograría reducir pobreza, generar crecimiento incluyente y sostenible, ni nada que se le parezca.
La pregunta que debemos hacernos es cómo cambiar esto y avanzar a una economía basada en mejoras de productividad, empleo e ingresos, en instituciones que incentiven la innovación, que respeten los estándares ambientales y laborales; objetivos modestos, lo sé, respecto a otros como la redistribución y el desarrollo a escala humana. Obviamente podemos seguir en la lucha por estos últimos, ¿pero tienen los pobres posibilidades de espera? A muchos se les acabó la paciencia y salen por miles del país.
Un elemento sobre el que parece haber un amplio consenso es la necesidad de promover instituciones sólidas para el desarrollo: independientes y no capturadas por buscadores de rentas. Entre otras, la literatura parece privilegiar las de competencia, transparencia, derechos laborales y ambientales equilibrados y aquellas encargadas de la educación y la salud. Al mismo tiempo, es necesario generar un contexto adecuado para que aquellas actividades empresariales generadoras de riqueza y empleo se consoliden y crezcan. Es a todo esto a lo que se refieren Amartya Sen y Douglas North, como condiciones para generar crecimiento, desarrollo y expansión de las libertades. Creo que esto puede ser una segunda coincidencia entre los dos.
¿Puede un TLC ayudar en esto? Un TLC puede ser analizado desde dos perspectivas: instituciones que obligan a establecer las relaciones económicas que genera. En lo primero, el TLC establecerá instituciones en los campos financieros, de competencia, de facilitación de comercio, ambientales y laborales, etc. que pueden, ciertamente, ayudar a generar una economía de mercado. Estas no son neutras, pero son mejores que aquellas donde los Cabrera campean.
En el campo de las relaciones económicas y comerciales, un TLC fortalecerá algunas actividades económicas y afectará otras. Crecerán indudablemente aquellas actividades empresariales competitivas, como la floricultura, la horticultura, la producción de palmito y maracuyá, de mangos y piñas, algunos textiles de exportación, por mencionar solo algunas. Actividades importantes que generan en forma directa unos 200 a 250 mil empleos, que dinamizan economías locales como Cayambe, Quinindé, Santo Domingo de los Colorados, Azuay, Imbabura o Cotopaxi, amplían la base tributaria del país y significan bienestar familiar.
Obviamente, un TLC tiene impactos importantes sobre los sectores de baja productividad, tanto en el agro como en la ciudad, al ponerles a competir con producciones de más alta competitividad y, como bien mencionas, con productos subsidiados. Esto puede implicar un riesgo de desplazamiento de la producción primaria y de especialización en bienes primarios de exportación; ello es cierto, pero eso no es sinónimo de atraso. Nueva Zelanda, Noruega o Chile son ejemplos de que puede haber crecimiento, reducción significativa de la pobreza y aumento de la base social del desarrollo sobre la base de este tipo de especialización, si existen las instituciones adecuadas.
Obviamente ello no resuelve el problema de las familias campesinas que viven de la actividad arrocera o ganadera y que sufrirán el impacto del TLC. Por ello, la negociación busca conseguir condiciones especiales en tiempo y herramientas para esos productos. La negociación, Alberto, es muy dura, durísima, pero no pierdo la esperanza de lograr períodos largos de desgravación para los productos más sensibles. Sin embargo, lograr esas condiciones no es suficiente. La apertura económica tiene que darse siempre con un Estado pro activo y fuerte que ayude a la reconversión de aquellos sectores, sin descartar aquello que practicaron los países desarrollados: subsidios y apoyos a la producción. Aún más, es posible pensar en esquemas cruzados de apoyo de los sectores ganadores a los perdedores. Un Estado que crece puede generar los ingresos para sostener aquello; un país estancado como el que tenemos dependerá siempre de la deuda "eterna" y los pocos recursos disponibles serán capturados.
Hay, obviamente, el peligro de que aumente la dependencia con los EEUU y el control que puedan ejercer sus poderosas empresas transnacionales; ello es cierto, pero para ello debemos consolidar una estrategia de negociación más amplia de TLC con otros países, como los europeos, los latinoamericanos, los asiáticos, etc. Debemos también apoyar a las empresas nacionales en sus estrategias de irrupción en los mercados internacionales, como lo hicieron los tigres asiáticos. Hay muchas buenas empresas en el país y muchos buenos empresarios que merecen apoyo.
Tengo fe, estimado Alberto, en la potencialidad de nuestro país para desenvolverse en la globalización; de hecho, ya lo hace con sus exportaciones y sus emigrantes y hasta con su selección. De hecho, la exportación del cacao y del banano fueron momentos de crecimiento y de desarrollo de las fuerzas productivas, como lo demostré en mis investigaciones (ello no implica que no haya relaciones sociales de producción). Apostemos al crecimiento y al desarrollo, no al status quo (dejemos las pesas atrás); apostemos a cambiar la arena del conflicto, del orden oligárquico a un orden más ciudadano y quizá más justo y equitativo. Para ello es necesario un amplio debate entre todos quienes hacemos el país. No necesitamos caer más abajo, para comenzar a crecer y desarrollarnos. En ese debate, siempre me tendrás.

Hora GMT: 11/Diciembre/2005 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito

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