En el libro Cortinas de humo (ensayos sobre el universo discursivo), de Carlos Paladines, al que ya me referí en esta misma columna hay un capítulo que bien vale la pena revisar, ahora que se habla tanto de la corrupción. Tales páginas tratan precisamente de este fenómeno que entre nosotros se ha tornado omnipresente, al grado de ubicar al país entre los primeros en el ranking de los más corruptos de América Latina, con todo y comisiones que se han creado, a diferentes niveles, para frenarlo. Es como un pulpo, al que cortarle los tentáculos es lo mismo que podarlos, porque estos más bien se multiplican. El rol perverso del "discurso" en estas circunstancias sería, entonces, "actuar como barrera, especie de neblina, prejuicios o filtros distorsionadores, que afectan el análisis y la comprensión de la realidad". O sea que camufla los actos de corrupción, envolviéndonos con palabras, como es propio de la demagogia, para alucinarnos.
Pero, según el estudio de Paladines, el discurso demagógico no es sino una categoría entre nueve que él agrupa como "Aproximaciones a la lectura del universo discursivo". Los otros son: el "ingenuo", el "moralista", el "idealizador especulativo", el "doble discurso", el "morboso", el "escéptico", el "oficial" y el "a-histórico". Los ingredientes de estos tipos de discurso son, en pocas palabras: la viveza criolla, el hecho de desplazar mañosamente el acento hacia lo subjetivo, la recurrencia a una fraseología idealista que nos obnubila y fascina, pero que suele ocultar inconfesables intereses. En este punto dice el autor que ciertos valores, como la tolerancia, si son mal interpretados pueden conducir a soportar por ejemplo el maltrato en las oficinas y la prepotencia de ciertos funcionarios (¡ojo!). Otros ingredientes que se agregan a los anteriores, en términos de la engañosa formulación del discurso son: el hecho de mostrarse, falazmente, como defensores a ultranzas de la moral pública y de la ética; la malintencionada apelación a las emociones, lejos del frío análisis de la razón; la falta de coherencia y autocrítica en el discurso oficial, y el olvido de la historia: hacer "borrón y cuenta nueva", refundar el país
En resumen, "es imposible analizar el discurso -afirma Paladines- sin tomar en cuenta no solo lo que dice, sino también quién lo dice, para quién lo dice y cómo lo dice". Se trata, entonces, de intentar un ejercicio de análisis y reflexión que exige los cinco sentidos. Ni uno menos.
Hora GMT: 13/Junio/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Rodrigo Villacís Molina
