Por Luis Alberto Luna Tobar
Recibí de mano noble y generosa el libro, primorosamente editado en el nivel de nuestras colecciones culturales, Jaula de Marco Antonio Rodríguez.
Son muy pocos los días que he podido dedicar a su lectura densamente impresionante; pero le busqué tiempo a la pasión de los descubrimientos íntimos, y es la segunda vez que he cerrado, contemplando impresionado el Carbón de Viteri, que abre y cierra esta edición altamente calificada, por el cúmulo de valores que condensa y revela. No la recomiendo para los múltiples profesionales de la lectura novelesca impresionante.
Es una vivisección magistral de la vida de ciertos espacios urbanos de nuestras ciudades, sintetizadas en la mirada de un extraordinario supervisor social, calificación con que signa la mayoría mental ecuatoriana a quien preside nuestra Casa de la Cultura.
Jaula es un desafío y debemos aceptarlo todos, reconociendo el verídico realismo que revelan ciertos neblinosos recodos de nuestras ciudades andinas, de las que Quito es un exponente vívido impresionante. Considero que todo conocedor de las intimidades quiteñas sabe de sobra toda la miseria escondida en los recodos de ciertos barrios típicos y entre ellos los dos en los que he hecho su historia al clásico colegio Mejía; pero impresiona, sacudiendo conciencias y exigiendo renovación de preocupaciones sociales justicieras conocer por información que llega desde fuentes, dotada de valores informativos superiores, todas las tragedias que en cada rincón se viven de parte de intensas mayorías estudiantiles, escolares y colegiales.
Todos tenemos recuerdos inolvidables de las primeras jornadas estudiantiles y de las historias que desde sus casas traían a sus compañeros acaso más afortunados o menos acosados por los grandes problemas de conducta que a otros niños acosan y persiguen fuentes.
Causa real admiración y tiene poderosa fuerza impresionante cuanto Marco Antonio Rodríguez nos cuenta, con una fuerza idiomática sorprendente.
Necesitaríamos mucho espacio para comunicar el inicial examen de esos valores que genera leer a Marco Antonio: es un maestro del idioma, de la composición estilística y de la traducción gráfica de las escenas de vida, que las revela con extraordinaria maestría nuestro insigne narrador. Jaula compone un grupo de oro en la historia de la literatura ecuatoriana. Estoy seguro de que serán muchos los que exijan del país y de su cultura que se profundicen los estudios de ciencia literaria desde la base de las obras de semejante conocedor del idioma y cuidadoso selector de la expresión escrita.
No me ha escandalizado Marco Antonio Rodríguez con su magistral Jaula. Él sabe bien para quiénes escribe.
Ojalá en el Ecuador se lo lea más: con pasión íntima por la verdad y sin miedos a ella.
analisis@hoy.com.ec
Hora GMT: 06/Junio/2009 - 05:12
