|    Pico y placa Quito:  7-8    |  

Publicado el 21/Mayo/2012 | 00:50

Susana Klinkicht

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Para el viernes pasado, la Secretaría Nacional del Migrante había anunciado la llegada al Ecuador de 105 ciudadanos deportados de los Estados Unidos. Generalmente, los medios de comunicación registran la noticia de esos expulsados, por ilegales o acusados de infracciones y delitos, generalmente, contra la misma Ley de Inmigración, hasta el momento en que aterrizan en uno de los dos aeropuertos internacionales o se reúnen con sus familiares en la ciudad de su procedencia. Sin embargo, para muchos el drama más doloroso comienza recién allí.

Tras ausencias prolongadas, los recién llegados no siempre logran restablecer nexos adecuados con su familia, muchos de ellos más bien sufren de nostalgia por los que han tenido que abandonar allá: una nueva relación, hijos de un segundo compromiso. Debido a la captura sorpresiva, cuando viven solos, los bienes adquiridos con tanto sacrificio quedan desprotegidos, no hay quién se encargue, ni perspectivas de recuperarlos. Cuentas bancarias pueden resultar prácticamente congeladas.

Una vez en el Ecuador, el deportado sufre vergüenza por el fracaso; las perspectivas de conseguir un empleo bien remunerado son mínimas. Aquí, siguen vigentes todos los motivos por los que se sintieron impulsados a emigrar. A la imposibilidad de alimentar, albergar y educar a la familia, ahora se suma su frustración por la pérdida de los nuevos estándares adquiridos a través de las remesas. Si a eso se agrega alguna deuda pendiente o una hipoteca, el único recurso resulta endeudarse más y volver a probar suerte.

Nancy Ann Hiemstra publicó el año pasado un trabajo para la Universidad de Siracusa (EEUU), en la que investiga y entrevista a decenas de deportados. Entre los hallazgos más desconcertantes está el caos en el que se ven sumidos los detenidos en las redes de los servicios de inmigración en ese país y la aparente intencionalidad que está detrás de la falta de información, la dificultad para localizarlos y conocer la fecha de su deportación. Pero también aborda el efecto que la incertidumbre tiene para sus familiares aquí y allá y la devastación anímica y social que produce en ellos y su comunidad.

Debido a que las autoridades norteamericanas se reservan hasta el último momento la nómina y la fecha de deportación, presuntamente para desalentar a activistas que traten de evitar el embarque, la reunificación con los familiares normalmente tiene lugar tras semanas y meses de zozobra por la falta de noticias de los previamente detenidos, en muchos casos invisibilizados por la burocracia en los centros de retención especializados.

Los Estados Unidos, bajo el demócrata Barack Obama, que prometió incentivar la regularización de los inmigrantes, han duplicado la cifra de deportados anualmente a casi 400 mil, comparado con el primer periodo presidencial de su antecesor George. W Bush. Un 95% de ellos es de latinoamericanos, las dos terceras partes, de mexicanos. Según cifras conseguidas por Associated Press, el Ecuador ocupó en 2011 el séptimo lugar con casi 2 000 deportados anuales.

 

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Autor: Susana Klinkicht - Ciudad Quito

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