Por Luis Alberto Luna Tobar
El tiempo acumula en la conciencia una serie de demandas con las que pretende, el que camina, conseguir de la sombra o del silencio un signo verídico, tan real como ellos, por medio del cual podamos alcanzar explicación, al menos cercana a todo lo que, de una u otra forma, llega a nuestra conciencia y no alcanza a tener definición suficiente, terminante.
Caminamos acumulando en el fondo del ser íntimo sorpresas obnubilantes, que nos alejan de la realidad, nos saturan o invaden de fantasías y alargan los secretos y debilidades de toda decisión o propósito.
Nada más humano que refugiarse en la sombra y acogerse a la serena piedad del silencio. Le tememos a la sombra y nos asustan los largos silencios. En la sombra hay espacios de elaboración de luces inéditas y el adecuarnos espiritualmente a su iluminación real exige dominio espiritual y animación psicológica perseverante.
El silencio posee de inmediato, cubre todas las reacciones íntimas y transforma las sensaciones, confiriéndoles el poder que el gran místico universal, Juan de la Cruz, llamó "la música callada y la soledad sonora".
Para los expertos en la interiorización, a la que llaman también iluminación, el ser humano que trata de comprender todo lo desconocido y de acercarse a los linderos de lo ilimitado, vive un destiempo, es decir, un curso de vivencias y sensaciones nuevas, que no le son extrañas, pero que le exigen progresivamente, adentrarse en su significado y trascendencia, superando con perseverancia ardua la necesidad exigente de explicación reflexiva de todo lo que se llega a percibir o sentir.
Esta necesidad es precisamente la potencia que acumula exigencias de luz entre sombras y de sonido perceptible en el silencio. Resulta un auténtico desafío a ciertas realidades de la vida de todo ser humano, el descubrir repentino con el que muchas veces a lo largo de grandes sombras, constatamos el progresivo encendimiento de una luz nueva: luz desde la sombra o transformación de una sombra en la matriz de la luminosidad. Es una experiencia, de la que dan serena y severa constancia, muchos relatores de la intimidad espiritual de las almas de oración con el Dios que las inspira, como si en la sombra se formara e integrara la luz, con quien la busca...
Así también, en el silencio personal o cósmico, tanto el individuo como las comunidades, sienten y paulatinamente conforman una conciencia de sonido, voz, música callados, en los que la conciencia presiente y experimenta la impresión sonora de esa armonía universal, en la que, según los teólogos, Dios pronuncia su propio ser, habla creando y manteniendo la armonía de la vida, del desarrollo, de la evolución y hasta de la involución de todo ser que llega a su límite existencial.
Considero que todas estas meditaciones, escritas o vividas, en mucha soledad y silencio, pueden tener "su música callada y su soledad sonora", para todos los seres que creemos sinceramente en el silencio creador de Dios y en la armonía de su infatigada inmensidad generosa.
Hora GMT: 11/Octubre/2008 - 05:10

11/Octubre/2008 a las 09:22
El silencio tambien puede significar timorata complicidad con el oprobio humano.
Y la sombra el cobarde refugio.