Por Omar Ospina García
Entre lineas
La identidad se construye con el paso del tiempo, a partir de mitos, costumbres, leyendas y tradiciones. En la aceptación y consolidación de ese pasado o en su rechazo se afinca el saber de dónde somos, de dónde venimos y, en últimas, hacia dónde hemos de caminar: si hacia un futuro que amalgame todo aquello y nos construya como pueblo o hacia un pretérito que niegue unas cosas por cualesquiera razones y acepte otras por motivos opuestos. Con lo cual, lo que se logra es poner paredes sin cimientos que, al primer soplo, se esfumen. En la construcción de una identidad, juegan papel todas las tradiciones: las que nos gustan y las que no. Pues las que gustan a unos disgustan a otros. Y eso es lo que ocurre con la llamada fiesta brava, tradición que tiene mucho de española pero que se fue asimilando poco a poco a la manera indígena en los toros de pueblo y en los quehaceres de la chagrería.
Sugerir que se le pregunte al toro si le gusta que lo piquen, lo hieran y lo maten a espada es tan tonto como querer preguntarle al cuy si le gusta que lo atraviesen con un palo y lo asen o a la gallina si se siente bien en forma de consomé, tal como lo dijo esta semana Carlos Jijón en su columna habitual ante tamaña bobería. Que la fiesta brava es tradición impuesta no se discute. Como lo son el idioma español y la religión católica. Y, ¿porque hayan sido impuestas por el conquistador español hay que volver a adorar al dios Sol y a parlotear en el quichua impuesto por los conquistadores anteriores procedentes del sur? Eso es indigenismo barato. Esas imposiciones culturales se fueron consolidando con los años, y pretender erradicarlas por ajenas o advenedizas es tontería de capirote. Ya están en nuestra raigambre cultural, están en nuestras costumbres, forman parte de nuestra idiosincrasia y nuestros hábitos. Nuestra identidad se funde en un crisol indígena, negro e hispánico en el que prevaleció lo que mejor nos enrumbaba al futuro, que es la mezcla de todo ello con preeminencia de lo español. A mucho orgullo. ¿Por cuáles tradiciones nuestros críticos a la violeta quisieran cambiar la fiesta brava? ¿Quizá por el Pow Wow a la gringa? Tan dados a la asimilación sin beneficio de inventario de todo lo que venga de los EEUU, es posible que sea eso lo que prefieran los antitaurinos para divertirse, así como reemplazaron el pesebre de los ancestros por el espurio árbol de navidad y al Dios Niño por un viejo barbudo montado en un trineo que nada tiene que ver con nuestro ayer ni con nuestro clima y, menos aún, con las creencias de un país que se autodenomina católico por herencia y tradición, al margen de que se crea en ello o no. Cada quien tiene derecho a divertirse como le dé la regalada gana, sin perjudicar o herir al semejante. Se llama libertad de expresión, lo opuesto al fundamentalismo que quiere imponer una minoría avalizada por una tonta medida anticonstitucional que alguien debería demandar ante la Corte. Y conste que no soy aficionado taurino ni creyente. ¡Y que viva Quito!
oospina@hoy.com.ec
Hora GMT: 07/Diciembre/2008 - 05:07

07/Diciembre/2008 a las 09:12
Felicitaciones Sr. Ospina por su opinión.
07/Diciembre/2008 a las 13:18
¡Qué bestia! Estamos de acuerdo... Quisiera agregar que los que supuestamente están a favor de los animales y en contra de las corridas de toros, no quieren acordarse (o se hacen los ciegos) de las peleas de gallos, que por no ser de pelucones no les molesta. Y a propósito, a mi las corridas de toros me aburren.
Prefiero el fútbol.
25/Noviembre/2009 a las 11:52
Estamos de acuerdo :"Cada quien tiene derecho a divertirse como le dé la regalada gana, sin perjudicar o herir al semejante" claro que los animales no son semejantes no?... matar a un animal para alimentarse dista muchisimo de torturar a un animal por diversion!!!!!!