Rodrigo Tenorio Ambrossi
tenorior@hoy.com.ec
Nuevamente llaman la atención ciertas actitudes de algunos funcionarios públicos que, de forma inmediata, han criticado el proceso mediante el cual se designó al presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Como nunca antes, la selección ya no fue a dedo sino mediante un concurso que puso frente a frente a un grupo de candidatos, probablemente todos con méritos. Pero había que seleccionar al mejor, y este ha sido Álvarez Icaza, un mexicano con amplia experiencia en la materia, con una impresionante hoja de vida sobre el tema de los derechos.
Pareciera que para algunos el concepto de democracia ha sufrido una suerte de metamorfosis que ha llevado a que se lo confunda con una expresión directa del poder. Entonces, lo democrático no aparece sino como una forma mediante la cual el poder impone su deseo porque, se piensa que, en democracia, el juego del poder siempre gana como si tuviese sus dados cargados. Es fácil hablar de democracia, incluso predicarla a los cuatro vientos como parte de un nuevo evangelio. Pero qué difícil resulta convertirla en el meollo de la vida política, especialmente cuando está en juego el poder que busca apropiarse de todos los escenarios para mandar en ellos. Porque existe una tendencia, tan antigua como la historia de la humanidad, a hacer del poder, en cualquiera de sus niveles, tan solo una herramienta de dominio. De hecho, la búsqueda del poder, como supremacía ante los otros, constituye la parte más importante del desarrollo de los grupos, de los pueblos y naciones. El proceso de humanización va parejo con el ejercicio de un poder que fue concentrándose en un grupo y cuyo principal objetivo fue dominar a al mayor número posible de ciudadanos y de pueblos. No se habría dado el proceso de humanización ni se habrían perfeccionado y desarrollado los pueblos si no se hubiese aceptado esta capacidad de dominio.
Al comienzo de los tiempos y por largos siglos, el poder tuvo que ver casi exclusivamente con el ejercicio de la fuerza con la que se impusieron regímenes sostenidos en el temor y que marcaron, de manera clara e incuestionable, dos territorialidades simbólicas, lingüísticas y físicas: la de los amos, denominados nobles, y la de la inmensa mayoría hecha de personas comunes y corrientes. Así aparecieron príncipes, reyes, emperadores, sacerdotes con sus divinidades hechas para mistificar el poder y el sometimiento. En el siglo XVIII, tres palabras fueron suficientemente intensas y poderosas como para sembrar un nuevo orden político llamado democracia. La democracia es un sistema ideológico que reconoce que ya nadie puede considerarse dueño de nada y menos del poder que es función y ejercicio orientados al bienestar de todos. Por ello la democracia se sostiene en el capacidad de perder más que en la de ganar una elección. En democracia, no hay lugar alguno para los imprescindibles, los necesarios o los únicos, puesto que su ser se llama elección, temporalidad, alternabilidad y también inseguridad y duda.
Autor: Rodrigo Tenorio - tenorio@hoy.com.ec Ciudad Quito






