Cecilia Velasco
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El alcalde de Quito dijo recientemente que claro que el aeropuerto no se podía inaugurar, como se había anunciado, el 12 de octubre de este año, y que tal retraso se debía al pedido de algunos gremios. Los discursos de nuestro alcalde se caracterizan por abundante retórica, pero casi nunca lo he oído hacerse cargo de sus responsabilidades.
Cuando existen situaciones dramáticas más dolorosas que la postergación de una obra, el Dr. Barrera responde idénticamente. Hace algunos meses, frente a las preocupaciones de Javier Lasso, de la TV púbica, sobre la permanencia de niños en las calles de Quito hasta altas horas de la noche, pretendió salir bien librado al endilgar la responsabilidad de tal barbarie a los ministerios del ramo. ¡Qué diferencia con la postura del vicealcalde de Bogotá. Entrevistado por el mismo Lasso, sabía el número exacto de chicos de la calle en su ciudad y asumía la parte que le corresponde!
En nuestra Quito se vulneran a diario los derechos de los niños, y muchas veces son sus propios padres y madres los que los hacen trabajar en las calles, sin que ninguna autoridad ponga freno a la explotación de estos indefensos y castigue a los abusivos. Además de niños, que es lo que más nos duele, se permite que circule, en medio de las llantas de los autos y el smog, una serie de discapacitados, que exponen su vida y la de conductores y peatones. Para algunos, estas huellas de la miseria y el abandono seguramente son parte del folklore local, y sienten tranquila su conciencia si arrojan unas monedas desde la ventanilla del auto, sin darse cuenta de que están contribuyendo a engordar un problema serio.
He visto a niñas de entre seis y ocho años arrojando sus peluches al capó de un auto para conmover los ánimos, a las 10 pm. Adolescentes manoseadas por otros vendedores ambulantes más viejos. Muchachitos mudando de dientes, aventados por el portazo de un conductor enojado. Jóvenes preciosos con la vida por delante, que no están en el colegio ni en la universidad ni produciendo, sino tirados en las aceras jugando cartas o arrojando naranjas al aire. Ven al conductor y paseante como el enemigo rico que debe ser despojado, y nos hemos acostumbrado al espectáculo de apoderados que cargan a sus criaturas para exhibir pústulas o parálisis y ganarse dinero.
Según un reporte de La Hora, de febrero de este año, se calcula que en Quito existen 15 000 niños que trabajan en las calles, y que lo hacen por más de 40 horas semanales. La edad en la que empiezan es a los cinco años. La rentabilidad es muy alta, según el Programa del Muchacho Trabajador. Se calcula que, por ventas ambulantes, un niño obtiene entre $1000 y $1800 mensuales, pero claramente ese dinero no se queda con el que trabaja, sino con las mafias que lo manejan.
El problema tiende a incrementarse, si se añaden agravantes como explotación sexual, tráfico de drogas e impavidez oficial. Basta circular por calles y avenidas quiteñas para corroborar la presencia de miles de niños de la calle.
Como cantaba Mercedes Sosa, mientras esto ocurra, "las manos son inútiles fardos y el corazón, apenas, una mala palabra."
Autor: Cecilia Velasco - Ciudad Quito







21/Agosto/2012 a las 11:59
Es muy loable el trabajo que ha realizado la Vicepresidencia por los discapacitados pero yo me pregunto no sería mejor hacer una cruzada por eliminar el trabajo infantil? por promover la planificación familiar así muchos sectores conservadores pongan el grito en el cielo? atacar este problema desde su origen coadyuvaría a evitar que el círculo vicioso reproduzca el analfabetismo, la pobreza, la explosión demográfica, estos niños que desperdician su vida en las calles tendían una oportunidad.
21/Agosto/2012 a las 20:35
Prohibido olvidar quien nos mintio diciendo que ya "estamos mejor que el Canadá"