Por Pepe Laso R.
Mientras conduzco por la ciudad semidesierta se me cruza por la mente una serie de temas bastante confusos para el artículo que debo escribir. La palabra que anuncia el año que nos viene y que parece contagiar mi forma de mirar la realidad del mundo es incertidumbre.
Me digo que voy a escribir un artículo que más o menos comience así. Las madres ecuatorianas cuando llevan a sus hijos pequeños a la escuela suelen darles el consejo más sabio: "No te comerás la colación antes del recreo". Y este consejo me serviría para aplicarlo a estos dos años de un Gobierno que ha recibido los más altos ingresos de todos los tiempos y que parece haberse comido la colación antes del recreo y ahora parece no tener otra salida que atormentarnos con palabras y más palabras, con campaña tras campaña, para por agotamiento convencernos de que la patria ya es de todos.
Uno se pregunta si esta sobrepresencia presidencial, que ocupa todos los espacios, una vez que falten los recursos económicos será capaz de espantar la incertidumbre o volveremos a escuchar eso de que fue otro niño, siempre otro, el que se comió la colación antes del recreo.
Mirar las cosas solo desde el poder quizá sea inútil. Es necesario desviar la mirada hacia otro lugar desde donde se pudiera responder a una sencilla pregunta: ¿ desde dónde podrían nacer las razones de la esperanza?
Los días de Navidad en la esquina por donde siempre transito había familias enteras que vendían bolsitas de plástico para caramelos, papeles de regalos y llevaban puestas unas cabezas de unos alces con cuernos de espuma, que posiblemente eran fabricados por unos chinos que no tenían idea siquiera de que esos alces que se venderían en el Ecuador eran los que en el Polo Norte transportaban a un anciano que los niños occidentales llamaban Santa Claus y que era la competencia del Niño Jesús. Una semana después los pastores de los alces de plástico vendían caretas que representaban todos los imaginarios parroquiales y globales, lluvias de colores y otros artefactos por prohibidos donantes de felicidades precarias.
Ellos, pensé, son el símbolo no del poder sino de la "gente" que lucha y que se ingenia día a día para intentar la vida, desde cualquier esquina. Ese es el lugar de la esperanza: la gente. Y la esperanza nace cuando uno se siente y se confiesa parte de la gente y desde ese lugar se ahuyenta el lado oscuro, que siempre tiene el ejercicio del poder.
Encontré, también, en el camino, otro espacio para la esperanza. Un montón de gente había llegado a la Universidad Andina para rendir una prueba de aptitud, para integrar el Consejo Transitorio de Participación Ciudadana, que deberá elaborar el proyecto de ley Orgánica, de esta nueva y esencial función del Estado. Al ver, con mis ojos cómo la gente, gente que se tomó el trabajo de presentar sus carpetas y rendir una prueba elaborada por algunas universidades, ante los ojos de veedores internacionales y de las cámaras de televisión, comprendí, que la dimensión política de la esperanza no solo se recibe, sino que se la construye, y que solo así se merece representar a la gente.
joselaso@hoy.com.ec
Hora GMT: 04/Enero/2009 - 05:11














