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De apagones e incendios

Publicado el 09/Noviembre/2009 | 00:06

Por Susana Klinkicht


susanak@hoy.com.ec

Miles de hectáreas de bosques, pajonales y chaparros han sido destruidas en los últimos meses, en la Sierra ecuatoriana, por incendios cuya intensidad no se conocía hace unos años. Siempre, en época de sequía, se veían columnas de humo en las montañas, atribuídas a la maldita creencia de que el humo hacia llover. Los incendios de hoy son devoradores, difíciles de controlar y peligrosos para humanos y animales. Factores fundamentales para el incremento en número e intensidad son la sequía, el viento y la calidad de la vegetación. Un bosque húmedo, denso, de diversas especies no se quema tan rápido como un monocultivo ralo y árido.

El origen de los incendios es prácticamente siempre el hombre, por negligencia o intención. Organizaciones ecologistas han investigado que el drástico aumento de los incendios no es una cuestión local. En el Mediterráneo, su incidencia se ha cuadruplicado desde los años sesenta; en España, hay 10 veces más incendios ahora. Además, ya existen regiones en donde no se producen solamente en los meses más secos, sino casi todo el año. La calidad del aire se ha deteriorado consecuentemente. En Quito y Cuenca, se pudo vivir lo que significa respirar el aire cargado de ceniza y humo. Aún en los pocos casos (de 1% a 3 %) en los que no se culpa al ser humano individualmente, no es difícil ver la relación que existe entre el calentamiento global y los cambios climáticos que exponen a la naturaleza a estos acontecimientos drásticos que favorecen su devastación. Y el único motivo por el cual parece imposible que el calentamiento se detenga es el deseo de ganar y gastar mucho dinero y rápido.

Se considera improbable que, contra todo el lobby tras bastidores de los empresarios petroleros, de automóviles y los otros sectores favorecidos directamente por las actividades más contaminantes, se llegue a un acuerdo en la próxima cumbre climática, en diciembre en Copenhague, sobre la reducción de emisiones tóxicas y la protección de los bosques. Pero no se trata solamente de los grandes consorcios. Coincidieron los peores incendios en Azuay con los racionamientos de luz y agua que, finalmente, son también producto del cambio climático y del despilfarro.

En los mismos momentos, el Municipio de Cuenca hacía tremendos esfuerzos por desviar una medida de hecho de los choferes, que protestan contra el control de las emisiones de los vehículos, sin inmutarse sobre lo que parece ser la última llamada. Las universidades y el Gobierno tienen la obligación de investigar e invertir en medidas que lleven a un comportamiento más responsable de prevención y en equipamiento para la mitigación, tanto de los incendios, como de la contaminación que desencadena los cambios. Pero también deberá haber una campaña que cree conciencia sobre las culpas individuales en este proceso, así como el beneficio, a largo plazo, de su reversión. Ya no resulta idealista ni cursi recordar el dicho indígena: "Solo cuando hayan talado el último árbol, contaminado el último río y pescado el último pez, se darán cuenta que el dinero no se puede comer".

Hora GMT: 09/Noviembre/2009 - 05:06

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