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DANZA

Publicado el 03/Marzo/1996 | 00:00

Quito (Ecuador). 03 mar 96. (Editorial) Quizás por mi natural
torpeza para el baile, admiro con devoción a los artistas de
la danza: la plasticidad de sus cuerpos, la maravillosa
coordinación y la gracia de sus movimientos; esa respuesta
perfecta del sistema muscular aliado con el cerebro y la
emoción, al estímulo de la música, me conducen a una suerte de
estado de gracia. Entiendo entonces por qué el hombre
primitivo acudía a este lenguaje, enraizado en su propia
naturaleza, para comunicarse con la divinidad. Al principio se
trataba de movimientos instintivos, que fueron refinándose
poco a poco con el paso del tiempo, hasta que su valor
artístico fue aceptado universalmente.

En la danza el principio es la fugacidad; solo existe en el
instante, y quizás ahí reside parte de su encanto, porque lo
inasible del movimiento nos produce una fascinación que no
puede compararse con otra. Este arte, que en la década de los
años 80 adquirió una destacada presencia entre nosotros
gracias a la multiplicación de los conjuntos que la
cultivaban, ha cedido un poco de acuerdo con las dificultades
de la época. Pero subsisten los grupos más importantes, entre
los que se cuenta el Ballet Ecuatoriano de Cámara, que se
presentó la semana pasada en el Teatro Nacional de la Casa de
la Cultura.

El BEC, dirigido por Rubén Guarderas, fue creado en 1980 y se
ha mantenido contra viento y marea, cobijándose bajo
diferentes paraguas (ahora es el de la Casa de la Cultura) y
sin perder de vista su brújula. El espectáculo del martes 27,
que volverá a presentarse el mes próximo, es (a pesar de la
observación que viene después) de gran calidad, y el numeroso
público así como su entusiasmo, dan fe no solo de este hecho
sino además del interés que la danza suscita en nuestro medio,
cuando se la hace de manera profesional. Porque también hemos
sido testigos de fracasos debidos a la falta de esa condición.

Las tres partes del programa que motiva esta crónica se
titulan Divertimento, Tres tangos para cuatro y Amanecer. Las
dos primeras, con coreografías del maestro cubano Luis Aguilar
y música de Massenet y de Astor Piazzola, en su orden, y la
tercera, de otro cubano, Gustavo Herrera, con música de Advis,
Ramírez y Pachacamac. Dirección general, de Rubén Guarderas.
Aguilar, que también es un gran bailarín, impone en el
escenario su maestría y, apoyado con mucha solvencia por los y
las demás intérpretes, consigue persuadir con un brillante
discurso visual.

La coreografía de Herrera, una obra que data de mediados de la
década anterior y que se la ha puesto numerosas veces en
escena, apela a la cosa indigenista y ya no pega. De otro lado
es recargada, con muchos elementos gratuitos y un rancio
dramatismo. Le decía yo a Camila Guarderas, la regiseur del
BEC, que no es cuestión de sentirse obligados a meter, a como
dé lugar lo "telúrico". Debemos aspirar a desarrollar nuestra
propia danza, pero con propuestas renovadas, no con remantes
de una corriente que ya no le interesa ni a la CONAIE. (Diario
HOY) (4A)

Hora GMT: 03/Marzo/1996 - 05:00 Autor: Por Rodrigo Villacís

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