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Publicado el 28/Julio/2007 | 00:00

Objetivo fundamental de la Administración Tributaria es crear una cultura que impulse a los ciudadanos su aceptación para declarar y pagar los impuestos voluntariamente mediante la autoliquidación de los mismos. En todos los países, y el Ecuador no es una excepción, la declaración voluntaria representa alrededor del 94% del total recaudado y, en consecuencia, no más del 6%, la recaudación forzosa, producto de la gestión de la Administración.

Para conseguir una cultura tributaria que implique, entre otros aspectos, aceptación de los impuestos y confianza en la Administración Tributaria, es preciso evaluar la calidad del sistema fiscal, y también los mecanismos operativos y de decisión que se emplean en el ámbito institucional, las soluciones previsibles o las ya adoptadas con miras al fiel cumplimiento del ordenamiento jurídico, y los avances tecnológicos. Así mismo, es necesario explicitar la actitud política, considerar la realidad nacional y las complejas relaciones que de hecho existen con los contribuyentes, a la luz de los principios de transparencia, equidad y eficiencia, que en una verdadera democracia no deberían generar la menor duda respecto de la imparcialidad en la aplicación de los procedimientos .

En el plano nacional no debe escaparse un análisis del comportamiento tradicional más bien renuente de los ciudadanos, en cuanto al uso de los comprobantes de pago y al hecho de que la exigencia sobre el sistema de facturación, fuera aceptándose progresivamente. Esto ha sido un problema que han debido afrontar las empresas sobre todo en el área rural, de ahí que, al seguirse el debido proceso y recurrir las partes a los tribunales distritales, los jueces hayan tomado en cuenta el hecho económico y emitido sentencias en este sentido.

Si bien existen importantes avances en materia de facturación, hay que afrontar el desconocimiento de la ley y de las regulaciones tributarias. La vida de los tributos no debe estar reñida con la realidad, al creer que todos conocen ese conjunto de disposiciones menudas “que hacen enloquecer incluso al computador”, como refería Víctor Uckmar, docente de la universidad de Génova, para destacar la conveniencia de una relación prudente y estable, de comprensión y de confianza entre el contribuyente y el Fisco que permita fomentar una cultura tributaria, y evite la judicialización de la gestión. Para que la Administración Tributaria pueda desempeñarse con mayor éxito, será imperioso que responda a las exigencias del Estado de Derecho, especialmente en las relaciones con los ciudadanos. Las facilidades actuales por los recursos disponibles, permiten ofrecer al contribuyente un servicio de calidad, formular normas claras y comprensibles, y prever sanciones creíbles y aplicables, sin soslayar la particularidad de los diversos sectores económicos y el grado de complejidad tecnológica en el sector productivo. Es necesario además propiciar una civilidad fiscal mediante el debate con los contribuyentes en torno a asuntos relevantes como la simplificación del sistema tributario y los límites de la presión fiscal indirecta, que puede comportar costos adicionales, con grave perjuicio en el plano de la competitividad especialmente en un mundo cada vez más internacionalizado.
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Ciudad Quito

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