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Cuento de Navidad

Publicado el 20/Diciembre/2009 | 00:10

Por Jaime Acosta Espinosa


jjacosta@hoy,com.ec

En una lúcida crítica del materialismo y una emotiva exaltación de la caridad cristiana, el popular relato de Charles Dickens Canción de Navidad ha merecido unas cuantas decenas de adaptaciones que han recorrido todos los formatos cinematográficos y televisivos, conservando siempre la frescura de la belleza literaria. En el Londres de 1843, Ebenezer Scrooge, un hombre hosco, solitario y avaricioso, comienza la Navidad haciendo uso de su habitual mezquindad, gritando brutalmente a su fiel empleado y maltratando a su alegre sobrino. Pero esa misma noche, los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras se aparecen en su habitación para llevarle a un viaje en el que se enfrentará a una realidad que no quiere ver.

Entonces, el viejo Scrooge tendrá que abrir su intimidad e intentar arreglar el mal que ha hecho. Los fantasmas le despiertan de su avaricia y le hacen reaccionar, haciéndole comprender su pequeñez humana e inyectándole algo de esa inteligencia del corazón tan necesaria para almas diluidas y fragmentadas.

Scrooge es el egoísta imbécil, según la definición de Fernando Savater. Es "quien sólo piensa en sí mismo y no se preocupa por los demás, hasta el punto de hacerles la vida imposible si con ello obtiene algún beneficio". Responde al adjetivo de "imbécil" no solo el alelado y escaso de razón, sino aquel que necesita de algún apoyo para caminar, pues este término viene del latín baculus que significa bastón. Imbécil es "quien no cojea de los pies, sino del alma. Es decir, necesita apoyarse en cosas de afuera que nada tienen que ver con las cosas que valen la pena".

¿Quién será, entonces, el egoísta que no es imbécil? La respuesta es obvia para el mismo Savater. El verdadero egoísta quiere lo mejor para sí, es decir, quiere la buena vida. Pero no está la buena vida en tratar a los demás como objetos, sin disfrutar de regalos tales como el cariño, el reconocimiento y la amistad. Personajes como Scrooge nunca lograron suscitar sino terror y odio. "Hay que ser imbécil para pensar que se puede tener un buen vivir rodeado de pánico y crueldad, en lugar de vivir entre amor y agradecimiento". Si Scrooge hubiera pensado en el buen vivir, se habría dado cuenta de que los seres humanos necesitamos de algo que solo los otros pueden darnos y que no se los puede robar, a pesar de cualquier fechoría, fuerza o engaño. El verdadero egoísta sabe vivir bien, pero en la armonía de la paz y en las buenas relaciones sociales, encontrando en los demás el mejor y único motivo de realización personal.

Hoy como ayer, en la realidad y en el cuento, la Navidad despierta a la humanidad de su imbecilidad y le coloca en la novedad de las cosas perdurables y maravillosas.

El mensaje navideño enseña que nada le favorece tanto al ser humano como el respeto, la entrega y la comprensión hacia el prójimo. Pues, nunca es más grande el hombre como cuando se zambulle en la atmósfera de sencillez, generosidad y alegría de ese evento histórico y revolucionario que se llama la Nochebuena.

Hora GMT: 20/Diciembre/2009 - 05:10

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