Por Marco Lara Guzmán
Ni de cerca ni de lejos discuto la idoneidad de las empresas encuestadoras. A veces lo único que hago es pensar en lo bien unidas que algunas suelen estar junto al poder reinante y lo difícil que se va poniendo en este país eso de disgustar al poderoso. También es bueno recordar que muchas encuestas, más allá de lo comprensible, dieron por triunfadores a los que luego tuvieron que derramar amargas y dolidas lágrimas, porque, a la hora de la verdad, resultaron perdedores, a pesar de haber planchado el ternito y tener lista hasta la banda presidencial, hecha por las monjitas y rellena con tierra de cementerio y reliquias de múltiples santos, según corresponde a quienes se sienten taumaturgos llamados a salvar esta pobre República.
En honor a la verdad, ni un solo dueño o gerente o empleado de las encuestadoras se ha atrevido jamás a atribuirse la categoría de oráculos del porvenir o profetas de victorias o derrotas. Lo único que han dicho es que sus encuestas se han hecho a lo largo y ancho del país, llueva, truene o relampaguee. Que aun en condiciones inhóspitas, casi inverosímiles, han entrevistado a tantos cientos de ecuatorianos y que los averiguados pertenecen a todos los estratos y pisos económicos, sociales y culturales habidos y por haber, lo cual, dicen ellos, es garantía de que la muestra es bastante aceptable y decorosa.
Dicen también que los resultados, y tienen toda la razón, no son sino solamente una especie de fotografía, o sea una visión momentánea de lo que piensa la gente y sus preferencias en un instante dado, que es, por supuesto, y si no consulten a Heráclito, irrepetible, único... y pasajero. Dicho de otra manera: los que sonríen el lunes podrían lloriquear el martes. Yo que por largos años estuve en eso de la política militante puedo decir cuan rápidamente las sonrisas se vuelven desconsolados gestos. Según unas encuestas, Sixto debió haber derrotado a Roldós en 1978. Según otras, Borja debió ganar en segunda vuelta a León en 1984. Nadie dudaba, ni aun las encuestadoras, que Nebot vencería a Bucaram años más tarde y nada de eso ocurrió.
Para más frescos recuerdos hay que anotar que, según las encuestas, Alvarito debía ganar a Correa con absoluta fluidez, a tal extremo que el prianista ni se despeinó para enfrentar la vuelta definitiva y ahí están los resultados.
Ahora estamos en vísperas del referendo. Tres empresas han dado unos tres o cuatro puntos por encima del cincuenta por ciento al Sí, lo cual debe haber derramado torrentes de felicidad en el oficialismo propiamente dicho y en sus fieles servidores. El entusiasmo inesperado no les ha dejado pensar que, según dicen los malvados, la opinión pública tiene contornos femeninos y que, siendo, según Verdi, la donna e mobile cual piuma al vento, la alegría que les embarga bien puede considerarse efímera, amarga y comprobablemente movediza e ingrata.
Valga lo dicho para los que por ahora aplauden y también para los débiles que suelen desalentarse prematuramente. Cuatro puntos sobre los cincuenta necesarios son nada. El gran Perogrullo ya nos ha dicho: a la hora de la verdad, el día 28 se definirán las cosas. Nunca antes.
mvlaraguzman@hoy.com.ec
Hora GMT: 12/Septiembre/2008 - 05:07
