Atención: Miércoles y estiércoles no es periodismo, es literatura. La novela que presenta el autor es una ficción (invención) que narra el asesinato de dos jóvenes desaparecidos en manos de la autoridad policial.
Leída en tres horas, de un solo tirón, esta obra seduce implacable, como es deber ser en los buenos thrillers, donde el lector debe contener la respiración hasta el último capítulo. Eso pasa en Miércoles y estiércoles: no se puede escapar del hechizo de seguir leyendo, con ansia, cautivo.
La prosa es limpia y pulida. El inicio del primer capítulo, a más de ser un guiño a García Márquez (Crónica de una muerte anunciada), es un pasaje onírico, pesadilla que nos sumerge en la conciencia del sargento Veneno, personaje memorable que es el percutor que desencadena la acción en la obra.
Un mérito sobresaliente de esta novela ecuatoriana es la inteligente y eficaz arquitectura de la misma. Cornejo, como un laboratorista que busca el veneno perfecto, nos ofrece capítulos armados con la información que nos ofrece la voz narrativa y le suma un monólogo interior del implicado de turno, posible declaración de cada asesino, cómplice y de uno de los padres, ante un juzgado.
La aspereza con que está narrada la historia recuerda por un momento a la fiereza de Fernando Vallejo. La voz narrativa en conexión con el autor no tiene reparos en bucear hasta las más sórdidas miserias de sus personajes y su condición humana. Y es precisamente este detalle que separa con grandeza a Miércoles y estiércoles de la realidad objetiva que tanto quiere el periodismo y el chisme. La novela se abraza hasta las últimas consecuencias en bien del discurso literario. Al autor no le tiembla la mano y su texto se libra de ser un alegato, una moraleja, una denuncia, un documental o un panfleto. Cada uno de sus personajes tiene sus alas de ángel y sus colas de sombra. Hay contrapuntos, diálogos astutos, descripciones sucintas, vértigo.
Para bien de la literatura ecuatoriana, Diego Cornejo Menacho da a luz un personaje, esos que crean escuela y memoria, llamado la subteniente Miñaca: su violencia cerebral y siniestra parece sacada de un personaje de Barry Gifford.
Miércoles y estiércoles es un acierto, una novela espiral, una cámara de espejos. Cuidado: el último capítulo es propicio para el infarto. El lector asiste sin aliento, como si le hubiesen colocado una funda de gas en la cabeza.
Hora GMT: 07/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Juan Carlos Moya, Editor general de Revistas
