Por Susana Klinkicht
susanak@hoy.com.ec
La idea sonó, en su momento, convincente. Había que acercar lo más posible los candidatos a algún cargo electoral a los ciudadanos electores, para que los conozcan, los observen y fiscalicen, si fuese necesario. No sería tan fácil engañar y ocultar debilidades en el currículo a los propios vecinos.
La nueva Constitución, como en tantos otros puntos, optó por una salida menos decidida, propicia a la trampa. Decidió que los cantones tendrán concejales urbanos y rurales, proporcionalmente a la población que tienen en cada sector.
De esta manera, en el área urbana, donde existe mayor concentración de pobladores, se elegirá como siempre, a personas más o menos conocidas, a través de los medios de comunicación, actividades deportivas, cargos políticos o públicos anteriores.
En el área rural, que generalmente circunda a la urbana, la cuestión será mucho más difícil. Los candidatos deberán cubrir grandes distancias para alcanzar la atención de un número proporcionalmente escaso de personas. Los electores de las parroquias rurales deberán elegir entre dirigentes de otros lugares, que generalmente no se habrán dado a conocer más que por actividades en las inmediaciones de sus casas. Para lograr cierto grado de penetración en el perímetro de sus potenciales votantes no tendrán a su disposición sino sumas ínfimas de dinero, previstas en las disposiciones sobre el gasto electoral y de acuerdo a la distribución que se decida. Esto quiere decir que no les quedará otro remedio que iniciar un interminable periplo de casa en casa, de barrio en barrio, de parroquia en parroquia. O, como alternativa, valerse de alianzas con líderes de otras parroquias. En ese caso, los acuerdos podrían socavar la representación directa que se aspiraba lograr.
A no ser que se recurra a la viveza criolla de cambiar sencillamente de lugar de residencia a personas conocidas en todo el ámbito cantonal, aunque nada tengan que ver con los lugares en donde sean candidatos, nada sepan de las necesidades de las parroquias rurales, ni tengan que temer eventuales veedurías vecinales, porque igual de fácil les resultará volver a cambiarse de lugar. La cuestión estará en los recursos que emplearán para convencer a sus "clientes".
A este tratamiento ligero de la representación de los sectores rurales de los cantones del país, que será peor mientras más grande sea la superficie rural de una ciudad, se suma el escaso tiempo que han recibido las parroquias para que sus candidatos a dirigentes hagan campaña, en vista de que las inscripciones serán virtualmente en el último momento. También aquí tendrán una inmensa ventaja aquellos que estén ya en la palestra comunitaria por mucho tiempo.
Los que deciden sobre estos asuntos parecen desconocer la inmensa necesidad que tienen los sectores suburbanos y rurales de renovación, después de que las viejas prácticas políticas los han convertido en cantera de votos, fácil de acceder a través de regalos, promesas, favores y fiestas.
Hora GMT: 02/Marzo/2009 - 05:07
