La crónica
Roberto Aguilar
Editor de contenidos
La sesión solemne del Municipio de Quito tuvo el repertorio de cursilería que es habitual más un ingrediente nuevo, aporte insustituible de tiempos correístas: una dosis nada desdeñable de arrogancia.
"Estamos en el camino ético correcto", dice el alcalde de Quito, Augusto Barrera, en uno de los pasajes más humildes de su discurso. Tan seguro de sí mismo. Tan lleno de certezas todo él. Calculados los gestos. Enérgico y exacto el movimiento de los brazos. Implacable la entonación de las palabras. Ni la menor sombra de duda se cierne sobre su figura compuesta y erguida. Sin embargo, no es luz lo que proyecta. Su pasión no es de las que contagian. A pocos metros de él, en el centro de la mesa alargada cubierta de trapitos azules y granas, el presidente de la República hace gestos ostensibles de aprobación a cada gesto, acaso porque se reconoce en ellos. Y más allá, con la mirada perdida entre el cortinaje y los palcos, el contralor general del Estado certifica lo dicho con su profesional y especializada presencia: "estamos en el camino ético correcto". Un camino libre de glosas, por lo que a él concierne.
Es la sesión solemne del Consejo Metropolitano de Quito que éste, como todos los años, cierra las fiestas de la fundación de la ciudad. En el escenario del Teatro Sucre se han sentado los concejales en dos filas, frente a frente. Sin escritorio por delante es como verlos desnudos: las piernas juntas, las manos vacías y los brazos incómodamente convertidos en apéndices inservibles con los que no saben bien qué hacer. Al fondo, Rafael Correa preside la mesa de autoridades ocupada también por el alcalde Barrera, el contralor Pólit, el vicepresidente Lenin Moreno y el presidente de la Asamblea, Fernando Cordero. A un lado y otro hay banderas y edecanes de uniformes variopintos. Atrás, una cortina de plástico lavable color azul marino; mejor dicho: tiras de plástico cosidas entre sí, o pegadas sin mayor arte para formar una cortina, en cuya superficie brillan pequeños, medianos y grandes logotipos municipales que crean la sensación de un vasto cielo estrellado. En medio de la sobriedad neoclásica del Teatro Sucre no es esta una pieza escenográfica del mejor gusto.
La cortina se corre para dejar al descubierto a la no muy afinada y poco vigorosa Banda Sinfónica de Quito, que recibe al mandatario con la canción emblemática de su particular puesta en escena del poder: "Patria tierra sagrada". En uno de los palcos, el coro Ciudad de Quito lo hace mucho mejor con sus interpretaciones de temas tradicionales de las fiestas. Lo demás es el repertorio habitual de declaraciones líricas de amor a la ciudad milenaria que festeja 478 años de fundación, más una dosis de arrogancia, ingrediente nuevo que constituye el insustituible aporte del correísmo al rito: "estamos en el camino ético correcto", dice el Alcalde, porque "trabajamos con las manos limpias, las mentes lúcidas y los corazones ardientes", confirma el presidente. Quién como ellos.
La lírica corre por cuenta del concejal Patricio Ubidia, a quien han encargado pronunciar el discurso de ocasión en homenaje a la capital enfiestada. El funcionario cumple con creces. Empieza citando los versos inéditos del abuelito materno: "en el orbe indolatino mi Quito es la gran ciudad". Luego hace un recuento histórico harto fantasioso que va desde las mentiras del Padre Juan de Velasco (que el Reino de Quito por aquí, que la princesa Paccha por allá, que el cacique Zopozopangui por acullá) hasta aquellas otras, desprovistas de belleza literaria y valor fundacional, del correísmo. Por ejemplo ésta, demagógica: "En el arrastre de Eloy Alfaro nada tuvo que ver el pueblo de Quito, pueblo noble, pueblo digno". O esta otra, que hace descender a la AEDEP directamente del virrey Abascal: "El primer grito de la Independencia fracasó por culpa de los áulicos que se pusieron al servicio de los poderes fácticos de entonces y cuyos tentáculos llegan hasta el presente". Más aún, esta otra, que parece extraída del vademécum de René Ramírez: "Eugenio Espejo es el símbolo del profesionalismo".
Las palabras "poderes fácticos" se pronuncian con la dosis justa de desprecio y un tono imperativo, casi un grito, que saca de su marasmo al presidente de la República, hasta ese momento ensimismado en sus pensamientos, con la cabeza hundida entre los hombros y sosteniendo la frente con el puño, como dice Carreño que no se debe hacer en ningún sitio. Ovación del respetable para Ubidia, fiel representante de una ciudad tan ávida de pergaminos que está dispuesta a inventárselos, y concejal perfecto de un Municipio que, a despecho de todas las evidencias arqueológicas (o la falta de ellas), ha vuelto a la ilusión de la ciudad milenaria y a las leyendas de los caras. Por la cara.
De inmediato se procede a la entrega de las condecoraciones municipales del año. El gran collar San Francisco de Quito, por ejemplo, que se confiere a "personalidades o instituciones de gran relieve que se hayan destacado por alguna acción que trascienda en el campo local, nacional o internacional". Deficitaria de hijos ilustres debe andar la ciudad en este 2012 para que semejante honor recaiga sobre un personaje que lleva 13 años muerto: Oswaldo Guayasamín. En la gran pantalla que cuelga por sobre el escenario, se proyecta la casi cómica escena del vicealcalde, Jorge Albán, redoblando esfuerzos para colgar la medalla del tronco del árbol al pie del cual enterraron al pintor en una vasija de barro. ¿De dónde?, parece preguntarse.
Nadie es más aplaudido que Álex Quiñónez, quien corrió una final olímpica en Londres. Con camisa verdeagüita más estridente que relámpago en cielo despejado (luego declarará, ante los micrófonos que le esperan a la salida, que ese color fue pura coincidencia), el velocista sube al escenario para recoger la medalla al mérito deportivo del Distrito y la gente corea su nombre como el de ningún otro.
Pero no van por ahí los entusiasmos de Rafael Correa. Es a Marco Dávila, el gestor de la campaña "Vivamos la fiesta en paz" y ganador de la medalla Manuela Cañizares por los derechos humanos, a quien dedica sus felicitaciones más efusivas: lo saluda, lo abraza, lo sacude, le habla largamente, le vuelve a dar la mano… Ni al contralor Pólit, gran collar Sebastián de Benalcázar, lo trata con la misma deferencia.
Las premiaciones, quince en total, terminan con la entrega de la medalla Oswaldo Guayasamín al colectivo Jardín de Quindes, por haber creado una obra "que nos hace reflexionar sobre el patrimonio natural": los colibríes (de plástico) que sustituyeron a los árboles (de verdad) en la avenida Naciones Unidas. En seguida empiezan los discursos.
"No es este el espacio para hacer una rendición de cuentas", dice el Alcalde antes de empezar su rendición de cuentas. Durante cincuenta minutos habla de las grandes obras de su administración y describe un Quito del futuro que, todo parece indicar, sin él será imposible. "Joven, migrante, cosmopolita y mayoritariamente popular": así es la nueva capital, según Barrera. Una ciudad que ha dado la espalda "al clasicismo aristocrático y decadente heredero de los peores atavismos coloniales". ¿Dijo toros? No. Pero el teatro entero comprendió. Al oírlo hablar de esta manera con tanto convencimiento, cualquiera que no lo hubiera visto abrir las fiestas de Quito avalando con su presencia la elección de reina (la reina de verdad, la blanquita, no la chola de los barrios) hasta podría tomárselo en serio. Por cierto: la reina (la de verdad, la blanquita) preside la ceremonia desde el palco presidencial, junto al prefecto Gustavo Baroja, ministros y asambleístas. ¿Qué pensará ellá, con su corona en la testa, del clasicismo aristocrático y decadente?
"Con toda seguridad estará usted, presidente, el próximo año ahí mismo", continúa Barrera con una reverencia. Y Correa levanta la mano para detenerlo, sonríe calculadamente y compone ese gesto de embarazo que nunca le sale bien, como diciendo "no digas esas cosas, Augusto, que me haces sonrojar".
Llegado su turno, Correa compite en lirismos con el concejal Ubidia. Habla de "la luna creciente bajando a bañarse en el Panecillo", donde no hay agua; de las "capillas llenas de polvo de estrellas", "engarzadas en maravillosas obras"; de la "ciudad de andares de duende", "franciscana y picaresca, recoleta y conventual"… Es decir: clasicismo aristocrático puro y duro. Cómo pasó de esos versos a sus característicos denuestos contra "los mismos de siempre" es más difícil decirlo. ¿En qué momento hizo la transición que lo llevó a ocuparse de "los poderes fácticos que en las sombras acechan en sedición permanente"? ¿A qué hora y de qué manera saltó de ahí al tema de la justicia, que nunca ha sido más independiente que bajo su gobierno? Su discurso es una catarata de ideas contradictorias e inconexas hilvanadas tan solo por la fluidez de los gestos y la magia del telepronter.
Fin de acto. Himno a Quito. En la pantalla, se despliega la letra para que nadie se olvide que ahora ya no se canta la segunda estrofa, la que dice "oh ciudad española en el Ande", porque no le sienta a estas épocas altivas y soberanas. Aquí de españoles, nada. Hasta el español se habla cada vez peor.
Afuera, media plaza del teatro ha sido cubierta de carpas y aislada de la muchedumbre de curiosos por vallas antimotines. Decenas de policías resguardan el espacio del coctel. Un trío de jóvenes músicos ameniza la noche con cantos quiteños que, por fin, algo tuvieron de contemporáneos. A esta cita no asiste el jefe de Estado. Tarda en salir el alcalde. En busca de famosillos se prodigan los periodistas de la farándula politiquera sin mayor fortuna. Apenas uno que otro asambleísta, uno que otro ministro reticente a cantar El Chulla Quiteño. Son cerca de las ocho de la noche. A metros de ahí, en la calle Guayaquil, primero un trolebús, luego dos, luego tres y después cuatro, cargados de pasajeros, unidades del sistema municipal de transporte público que tanto alabó el alcalde en su discurso, esperan pacientemente en fila india detrás de la barrera de uniformados hasta que la fiesta termine.








09/Diciembre/2012 a las 08:57
Quito fue gobernada alguna vez por la nobleza (aristocracia)? cuando? quienes y de donde eran? se los extraña? vaya articulo, lo que hay que hacer con tal de hacerse de unos cuantos dolares ofrecidos por la CIA para intentar desprestigiar al actual gobierno. Se te ven las costuras Aguilar, editor de contenidos". Que prensa por Dios, pura basura. Despues se quejan.
09/Diciembre/2012 a las 10:32
Que denigrante!!!
Alábate pato .....
Eso fue un homenaje a Quito o a los correistas?????
Que mal que están los quiteños.... por décadas los guayaquileños los envidiamos sanamente pero ahora,... no uds...., pero su situación da lástima
09/Diciembre/2012 a las 12:10
09/Diciembre/2012 a las 12:18
Fuera barrera Fuera‼
Fuera terrorista guerrillero Fuera
Ya sabes lo que te espera‼