Juan Jacobo Velasco
velascoj@hoy.com.ec
Una de las gracias de visitar el Ecuador varias veces en periodos largos de tiempo es la evaluación de los cambios y las permanencias. Algunos de los primeros se presentan como avances paulatinos o lentos, vigorosos o lánguidos, según el signo de los tiempos, las iniciativas/necesidades gubernamentales o el emprendimiento de algunos privados que tienen una fe que ya quisieran muchas Iglesias. También se dan cambios para mal, sobre todo en la sensación ambiente, en donde los temores frente a la delincuencia o la crispación política con la que se enfrentan los grandes actores y los ciudadanos de a pie, marcan un signo distintivo para peor.
No obstante, en un periodo histórico denominado "de revolución", donde el cambio es una marca registrada, los aspectos que se mantienen constantes llaman la atención. Uno que ha estado fijo como el paisaje, es el precio de los combustibles. Desde la invasión a Iraq los precios internacionales del barril de petróleo han alcanzado cotas elevadísimas a nivel internacional y sumamente volátiles en periodos cortos, lo que ha significado, por ejemplo, que los países incentiven el uso de fuentes alternativas de energía, que redefinan los sistemas de transporte en las grandes metrópolis, que sean más agresivos a la hora de promover los medios de locomoción amigables con el medioambiente (autos eléctricos o híbridos y bicicletas) y, en la ciudadanía, el uso más racional de vehículos, calefacción y electricidad. Si bien en estos cambios globales existe la impronta de una conciencia mayor frente al medioambiente y los desafíos de una necesidad de energía enorme y la conservación/costo de los recursos naturales, los altos precios del crudo han servido para gatillar una internalización mayor del problema en gobiernos, empresas y personas. Los precios tienen esa característica: proporcionan información y permiten tomar decisiones. En un periodo de escasez de oferta relativa a una demanda en expansión (sobre todo en la China), el mayor costo del combustible lleva a toda la sociedad a repensar y discutir sobre la energía y su uso más eficiente.
Pero este proceso es mucho más difícil cuando el precio está fijo a un nivel menor a su valor internacional, generando una distorsión evidente que incentiva el contrabando y el uso indiscriminado de un recurso cada vez más escaso. Internamente no hay discusión sobre el alto costo que para el Gobierno y para la sociedad futura implica el agotamiento de nuestras reservas y el mantenimiento de un subsidio que en dos o tres décadas más será repudiado por las generaciones que vienen, por el sinsentido de haber gastado, guiados por la racionalidad política y la comodidad de gozar de precios bajos de locomoción, un recurso que nos pertenece, pero también a nuestros hijos y nietos. Son ellos quienes se enfrentarán a la realidad que implica la escasez de petróleo y un precio altísimo. La transición debiera empezar hoy.
Autor: Juan Jacobo Velasco - velascoj@hoy.com.ec Ciudad Quito






