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Columna del Padre Roberto

Publicado el 13/Septiembre/2008 | 00:10

Como cristianos que somos, nos conviene volver a la vida teologal, a nuestros cuarteles de invierno

Por Roberto Fernández


Las diferentes religiones tratan de interpretar en sus diversas teologías, con mayor o menor solvencia, esa gama de vivencias espirituales que se manifiestan en la vida de sus respectivos fieles. En lo que concierne a los cristianos, la densidad de nuestra espiritualidad consiste en una vida teologal, de unión con Dios, edificada sobre la fe, la esperanza y la caridad. La fe cristiana tiene como dos perspectivas: una, hecha de confianza en Dios, de diálogo y experiencia de El; la otra, hecha de conocimiento, que estudia la Palabra divina y su realización en los acontecimientos de la naturaleza y de la historia y que se puede manifestar tanto en la biografía personal como en los diferentes momentos de la evolución colectiva. Además la fe, dice la Carta a los Hebreos, "es anticipo de lo que se espera, prueba de las realidades que no se ven" (Hb. 11, 1).

En la fe siempre hay algo objetivo y subjetivo. Lo objetivo de esa fe consiste en los misterios revelados por Dios y propuestos por la Iglesia, que es depositaria e intérprete de los mismos. La fe no es el resultado de una evidencia racional, como la ciencia, pero es algo razonable, basado en la autoridad de Dios, que se manifiesta por las profecías y los milagros y que no se opone a nuestros saberes humanos, sino que los trasciende. Lo subjetivo de esa misma fe ya es más personal, matizado por cierta iluminación interior, con la que el Espíritu Santo nos permite superar obstáculos y resistencias íntimas, que cada uno discierne en el propio corazón, y que nos va llevando a la aceptación plena de Dios, de sus enseñanzas y de su vida.

Al Dios de la fe, a sus exigencias trascendentales, se oponen las pasiones de nuestro ser: esa sed de placeres corporales o esa soberbia de endiosarnos en el yo. Emprender estos caminos lleva a la frustración de errar nuestro destino. No es que siempre sea mala cierta sensualidad si sabe trascender la estética del placer y engancharse con la alegría que brota de tratar con el bien, ya sea material o espiritual, pues todo bien procede de Dios, meta suprema de nuestro ser. A fin de cuentas, como enseña Santo Tomás, somos alma y cuerpo, unidos sustancialmente, y nos realizamos cuando integramos bien ambas vertientes. Pero esa integración requiere disciplina y esfuerzo cotidianos para que los instintos y las pasiones no se desvíen de su objeto natural y nos hagan perder el equilibrio ideal. Para emprender este camino de virtud, la fuerza principal está en Dios.

Me parece que, como cristianos que somos, nos conviene volver comunitariamente a la vida teologal, a esos nuestros cuarteles de invierno. En ellos se soporta mejor el temporal y las mareas de nuestro tiempo tan agitado, y además nos permite ejercitarnos recíprocamente para volver a esa noble lucha de vencer el mal a fuerza de bien, incluida esa dislocada política de nuestros días. Y no creamos que la fe solamente es saludable para el alma. Lo es también para nuestros cuerpos fatigados, sobre los que puede ejercer una maravillosa acción terapéutica contra el estrés acumulado por la saturación de tantos esfuerzos. Hay que cultivar el alma como se cultiva un jardín: dándole profundidad y textura. En este jardín del alma, que es la vida espiritual, el cultivo de la fe es la gran clave para una vida tranquila y eficaz.

rofer@hoy.com.ec

Hora GMT: 13/Septiembre/2008 - 05:10

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