Por Juan Carlos Moya
'El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser ésta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada", explica el "Kitâb al isfaâr", El libro de la revelación y los efectos del viaje, "un extenso relato de viajes del sabio árabe Ibn al Arabi, escrito en siglo XII antes de cristo'. Y así también empieza Hotel Nómada, del querido viajero -y amante del viajar- Cees Nooteboom.
Viajar, más que la fuga hacia costas lejanas, es el viaje interior. Viajar es un bautismo de soledad, parafraseando ese bello cuento de Paul Bowles, otro reconocido peregrino de la vida. Justamente, para él, los crepúsculos de septiembre en el desierto eran motivos cálidos para emprender un hipnótico desplazamiento hacia los muelles más remotos de la conciencia interior.
El estadounidense Richard Garriot, noticia reciente, a bordo de la nave Soyuz TMA-13, despegó el pasado domingo con la intención de viajar por el cosmos. Pagó $30 millones, y su meta -digna y ambiciosa- era marcharse de la Tierra para transitar por el universo.
Este editorial quiere avivar el deleite del viaje.
¡Atención! Otra cosa muy diferente es el paseo: fatua fatiga con bronceador incluido para desencadenarnos de nuestros míseros, hidalgos o prepotentes empleos. Efectivamente, el paseo oxigena a las almas burocráticas y, al igual que la televisión, nos narcotiza mientras nos desplazamos con un cinturón de seguridad amarrado al estómago.
Nada tiene que ver el viaje con el paseo. El viaje, para empezar, no necesita compañía alguna, ni tampoco lleva seguro de vida.
Quienes se sueltan al paseo, desde el primer día de su partida, saben que tendrán que regresar a sus penosas rutinas luego del feriado. Por el contrario, el viajero apenas emprende el camino conoce que su retorno es tan solo una probabilidad. Ahí su eje esencial, ese extraño sentido místico que el viaje posee como un portal nebuloso hacia nuestro mundo interior. Viajar es meditar, es pensar en voz alta, mirando el mundo con la sencillez y la sensibilidad necesarias para descubrirlo, para relativizarlo como se merece, para bendecir la noche fuera de casa, a miles de kilómetros de nuestra propia Patria.
Alberto Manguel apunta que el viaje se inicia en Dante y Virgilio. Y por cierto que este tránsito del cuerpo, este reposo del alma -el viaje- es a más de estar dentro de nuestras propias fronteras, es memoria y literatura.
Con el viaje, viajan nuestros libros. Al arribar al Misisipi, por ejemplo, ¿no recordaríamos los personajes y tostados paisajes de Carson MacCullers y Welty?
Desde que tenía 13 años, desde esa noche que falté a casa, siempre he querido abandonar la patria para siempre. Lo necesito. Está en las líneas de mi mano.
El escritor Paul Bowles argumenta que el viaje y la muerte van por caminos paralelos. "Cabría decir que quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa sometido a la rutina de la vida diaria", escribe Cees Nooteboom.
jcmoya@hoy.com.ec
Hora GMT: 15/Octubre/2008 - 05:05













