Por Jaime Izurieta Varea
analisis@hoy.com.ec
Una ciudad no se puede transportar. Solo existe una forma de experimentarla, y es desde adentro. Solo hay una forma de sentirse parte de los rascacielos de Nueva York o de comer un cochinillo en Segovia; solo una manera de consternarse en el ghetto de Vilna y de sentarse a beber té de menta con mercaderes bereberes; solo un modo de llevarse el olor de los bosques alpinos y de los azahares sevillanos, los gritos de los estibadores en Byblos o las llamadas a oración en Estambul: experimentándolo de primera mano.
Tampoco se la puede crear desde cero. Las sensaciones generadas por la carga simbólica que lleva a cuestas cada lugar son el resultado de su historia.
Sería imposible captar, clasificar y reproducir los estímulos de millones de vivencias a lo largo de siglos, de perspectivas distintas y de experiencias personales que los componen, como para poderlos transportar, tanto como inventarse una nueva ciudad, que, sin haber sufrido los avatares de la historia ni adquirir pátina propia, pretenda constituirse en un lugar legendario, en un hito y en un símbolo de identidad nacional.
En estos días, ha empezado el debate sobre el futuro de la revolucionaria "Ciudad Alfaro" y ya se anuncia la intención de darle un mejor uso que el que tiene ahora (¿tiene alguno?).
Para que la pátina y la vejez maravillosa de piedras, ladrillos, metal y teja tengan un adecuado punto de partida en Ciudad Alfaro, como la tuvieron en cada lugar en cierto punto de la historia, es necesario que el Instituto Nacional de Patrimonio tenga la capacidad y la sensibilidad para recrear las impresiones y sensaciones que hacen de una ciudad atractiva, cómoda y habitable, sin imitar elementos foráneos o "inventar" una nueva arquitectura que sature los espacios con símbolos patrios tratados con dudoso criterio estético, situaciones que la descontextualizarían y trivializarían.
El hacer de Ciudad Afaro una ciudad viva que simbolice el "cambio de época" debería ser un objetivo de la Revolución Ciudadana. Pero, primero, es necesario comprender que las ciudades símbolo de las grandes civilizaciones, que persisten en la memoria como Babilonia o Ur, y en la realidad como Damasco, Cairo o Kioto y las capitales de los grandes imperios como Estambul o París se hicieron poco a poco. Necesitan su propia pátina, que no se puede reproducir. Necesitan envejecer graciosamente a manos de quienes las viven.
Nuestra cabeza, de cada lugar que visitamos, va extrayendo experiencias únicas y va construyendo, en una suerte de palimpsesto, una ciudad de fantasía, como aquellas retratadas por Marco Polo, en las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino. Esa debería ser la meta para Ciudad Alfaro: un lugar que reúna las condiciones físicas adecuadas a nuestro propio entorno y a nuestras propias circunstancias, para que una vida de comunidad única y completa se desarrolle con sus propios sonidos, con sus propios rincones y con su propia experiencia urbana, que sea un símbolo nacional, que nos enorgullezca y que contribuya a nuestro acerbo de ciudades de fantasía.






18/Marzo/2009 a las 00:17
!Ciudad Alfaro!...
Pero si solo se trata de un edificio histórico-desarmable medio construido al apuro, es por aquello que será pronto olvidado, como todo pasa en estaa vida politiquera.
21/Febrero/2010 a las 05:10
!Ciudad Alfaro!...
Pero si solo se trata de un edificio histórico-desarmable medio construido al apuro, es por aquello que será pronto olvidado, como todo pasa en estaa vida politiquera.