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Cine actual, con buena estrella

Publicado el 17/Febrero/2008 | 00:00

EL CINE ECUATORIANO DESDE 1980 Ver gráfico

Esta es la historia de varios artistas que trabajaban separados, cada cual tratando de captar con su cámara 16 mm diversas realidades, diversos puntos de vista.

El escenario es el Ecuador de finales de la década de los setenta. Los actores: cineastas destacados como Jaime Cuesta, monseñor Tramontana, Rof Blomberg, Igor y Gustavo Guayasamín, Gustavo Corral, Mónica Vásquez, Ulises Estrella, Camilo Luzuriaga, entre otros...

Todos ellos, sin saberlo, formaban la primera gran generación de cineastas ecuatorianos, quienes, de una u otra forma, estuvieron involucrados con la fundación de Asociación de Autores Cinematográficos del Ecuador (Asocine), en 1977.

Este es un punto clave dentro de la historia de la cinematografía ecuatoriana, a pesar de que la Ley de Cinematografía sería aprobada 19 años después.

Esta generación despuntó en los años ochenta, cuando se produjeron obras emblemáticas como Los hieleros del Chimborazo (Gustavo e Igor Guayasamín, 1980), bello canto al indigenismo y, acaso, el último.

La ópera prima de Jaime Cuesta, Dos para el camino (1980), cinta taquillera vista por alrededor de 200 mil personas en Ecuador. El retrato espiritual del Quito contenido en ese entonces en Mi tía Nora (1982), dirigida por el argentino Jorge Prelorán. También se destacaron muchísimos documentales, como la obra de Mónica Vásquez, quien tuvo varios reconocimientos nacionales e internacionales y los cortometrajes de Édgar Cevallos. Montonera, de Gustavo Corral, obtuvo la mención en el Festival de La Habana. Mientras la década se extinguía, las producciones se hacían menos continuas: el ritmo de los cortometrajes y documentales decayó, el cine de ficción solo tenía a La tigra (1990) de Camilo Luzuriaga como testigo del cambio de década.

Así, en los noventa, el cine ecuatoriano entró en una franca época de crisis, una era complicada para el séptimo arte. Sensaciones (Viviana y Juan Esteban Cordero, 1991) fue el primer filme en aparecer en este nefasto contexto.

El Ecuador fue solo un reflejo, algo tardío, de lo que acontecía en Iberoamérica: la gente optó por ver películas desde la comodidad de su hogar gracias a la masificación y popularización de los reproductores caseros, el VHS y el Betamax.

Entonces muchas de las salas unitarias de cine colapsaron por la falta de público, pocos eran los cines que continuaban de pie. Era 1995.

Un año después aparecieron las primeras multisalas de cine, ligadas al crecimiento de los centros comerciales, y se aseguró un espacio de exhibición.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho: en los noventa se registraron apenas cuatro grandes largometrajes estrenados: Sensaciones, Entre Marx y una mujer desnuda (Camilo Luzuriaga, 1996), Ratas, ratones y rateros (Sebastián Cordero, 1999) y Sueños en la mitad del mundo (Carlos Naranjo, 1999). A esto se sumó la falta de apoyo gubernamental para esta clase de proyectos artísticos y la carencia de productoras privadas.

Los noventa hubiesen sido una época para olvidar dentro del cine ecuatoriano de no ser por lo siguiente: mientras que en los ochenta, la técnica, fotografía, montaje y puesta en escena eran muy buenos a pesar de que aquella era fue de aprendizaje, en los noventa se consolidó la dramaturgia y la narración adquirió toques contemporáneos, tal es el caso de Ratas, ratones y rateros.

La película de Sebastián Cordero marcó un antes y un después dentro de la filmografía nacional porque definió novedosas pautas de ritmo y lenguaje. El filme de 1999 generó un enorme entusiasmo en la población por consumir cine nacional y más de 110 mil personas acudieron a verla en las primeras semanas.

Es curioso el fenómeno de los taquillazos en el

Hora GMT: 17/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Roberto Ramírez

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