Desde Américo Castro (1934) sabemos que Miguel de Cervantes tiene que ser contado entre los "cristianos nuevos", que hacia 1500 en la España de los Reyes Católicos tenían que luchar por encontrar un espacio vital dentro de una cerrada sociedad de estamentos sociales y religiosos. Desde ese condicionamiento de emergencia del genial autor, se comprende que el inolvidable Don Quijote esté del lado de los desvalidos. Su utopía: la justicia, un mundo sin guerras, sin explotación, desfacer entuertos y agravios, es decir, abolir ofensas e injurias. Andrés Trapiello, último biógrafo de Cervantes, afirma que el español contemporáneo lo sabe, sabe a Don Quijote del lado de la justicia y la libertad. Sabe - aun sin haber leído la novela - que Sancho simboliza lealtad. A pesar de esas cualidades de profunda raíz europea España no es cervantina, lamenta Trapiello; nadie se identifica con Don Quijote, el más español de los españoles; nadie se identifica con Sancho.
Contra toda expectativa, existe una Alemania de Cervantes, una "alemania cervantina" como se ha dicho: en la segunda parte del Quijote, Cap. 54, se narra la historia de Ricote, vecino moro de Sancho Panza. Expulsado de España por Felipe III, el exiliado Ricote había vivido en la alemana Augsburgo, en donde le pareció que se podía vivir con más libertad. Cervantes informa - a través de su figura romanesca - que allí cada uno vive como quiere porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.
La alabanza centenaria de un Cervantes conmueve sobremanera a Thomas Mann, premio Nobel de Literatura de 1929. En el año 1934, Mann huye de la dictatura nazi. El viaje al exilio en Nueva York y una traducción alemana del Quijote le sirven de catalizadores para su meditación sobre el exilio. Su lectura culmina en el diálogo entre el moro español Ricote y Sancho Panza. Thomas Mann lee y relee frases sobre su tierra, que le llenan de orgullo de ser alemán: allí se vive con libertad porque existe la mayor de las libertades humanas, la de la conciencia. El autor de Los Buddenbrook se concentra en el asunto hasta tener un sueño: le parece ver realmente a Don Quijote, lo retrata con propias fantasías: el bigote muy poblado, frente alta, ojos casi ciegos bajo unas cejas muy pobladas. Cervantes es visto con los dones humanos de Don Quijote, que es más bueno que el pan y de tan agradable trato que todos le quieren.
Finalmente, llega Mann a una conclusión de dimensiones universales: el personaje Ricote es un doble emblema del exilio: situación de emergencia y autoevaluación de su experiencia. El exilio es viaje, crisis, dolor que lleva a Ricote hasta las lágrimas, que es dulce el amor de la patria. Disfrazado de peregrino, regresa a ella, aun cuando sabe que eso le puede costar la vida. Pero el exilio cataliza las nuevas experiencias: se analiza la nueva situación y se repiensan los valores patrios.
Para Mann, Cervantes ha convertido su texto literario en acontecimiento histórico y ha fundado un estándar civilizatorio: abandonar la retórica nacionalista y llegar hasta la confesión y práctica pluralista. Mann nos explica por qué debemos ser cervantinos y por qué la cultura global debe convertirse en cervantina.
Que los compatriotas emigrados encuentren una España anfitriona y cervantina.
*Profesor ecuatoriano residente en Alemania
Hora GMT: 11/Diciembre/2005 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Óscar Vinueza A.*
