Por Fernando Moncayo Castillo
fmoncayo@hoy.com.ec
Resulta morbosa la manera en la cual se ha manejado la noticia de paternidad por parte del "ex sacerdote y obispo" Fernando Lugo, actual presidente de la República del Paraguay. Mientras más mujeres aparecen reclamando el reconocimiento de sus hijos, más sexy se vuelve la noticia, y ni se hable del personaje.
En los últimos días, han salido a la luz las fotografías del afamado padre Alberto, quien en un lugar tan santo y tranquilo como Miami ha sido captado en "posiciones no aptas para un sacerdote", junto a una compañera cuya identidad se desconoce. ¿Será una de sus compañeras de set de televisión? ¿O quizás se trate de una de sus miles de admiradoras que veían al corpulento sacerdote todo los días en su show televisivo? ¿Será? ¡A quién le importa! ¡Por favor!
Lo que personajes públicos como lo son los dos citados anteriormente hayan hecho de sus vidas no tiene por qué afectar la fe y esperanza que han depositado millones de personas en la Iglesia Católica. ¿Acaso porque dos, o 200, sacerdotes no son fieles a su promesa divina de celibato quiere decir que la Iglesia debe eliminar este voto voluntario? Pongámoslo de esta manera: si dos famosos hombres casados, o 200, que han recibido el sacramento del matrimonio y que han jurado ante Dios ser fieles a sus esposas, son descubiertos en una relación extramarital, ¿debería ser entonces anulado el sacramento del matrimonio? La respuesta es "No". Hay sacerdotes infieles a Dios y hombres infieles a sus esposas. No por eso todos los sacerdotes y todos los hombres casados son iguales.
El celibato y el matrimonio son promesas voluntarias que un hombre hace ante Dios. El sacerdote promete serle fiel a Dios y ser célibe para dedicar su tiempo y vida al servicio de Cristo. El hombre casado promete ser fiel a su esposa para poder construir un hogar cristiano de acuerdo a las leyes del mismo Cristo. Celibato y Matrimonio son promesas voluntarias que deben cuidarse y cultivarse día a día. El tiempo pasa, las emociones se van, el sentimiento cambia, ¡pero la promesa divina se mantiene!
Pobres curas los que han sido infieles a su promesa voluntaria. ¿Acaso alguien les obligó a ser sacerdotes? Si los obligaron, ¡qué pena! Es más, ¡qué tortura!, casi o más penoso que el hombre soltero que es llevado a la fuerza al altar.
El sacerdocio es un oficio sagrado, igual que el matrimonio, instituido por la Iglesia, en bien de la Iglesia y de su comunidad. El candidato al sacerdocio tiene largos años para reflexionar y prepararse. De ninguna manera se puede hablar de "obligación" o de "imposición" del sacerdocio a un "pobre hombre".
Las tentaciones para el sacerdote y para el hombre casado están ahí, en todo momento, en todo lugar. Hay que saber cuidar los momentos, los espacios, los entornos. Hay que saber luchar. Tenemos que tener conciencia, sacerdotes y hombres casados, que la promesa divina hecha es eterna, tal cual rezaban antes las cédulas de los ecuatorianos: "Hasta la muerte del titular".
Hora GMT: 10/Mayo/2009 - 05:09

10/Mayo/2009 a las 09:12
Felicito la claridad de su doctrina. Qué bueno que distinga entre un error personal (que podemos tener todos) de un error doctrinal o institucional. Muy buen artículo.
10/Mayo/2009 a las 09:33
Mas claro o mejor no se lo puede explicar. Muy bien dicho. Todos sabesmos que está claro pero desgraciadamente las morbidas mentes que se ceban con desprestigiar a la Iglesia Católica seguiran en su empeño. Sin embargo, los católicos convencidos no debemos sentirnos afectados. La noche puede ser muy triste, pero es el contraste que la alegria del dia necesita para marcar la diferencia.
10/Mayo/2009 a las 21:25
Todos los que están en contra o criticando al padre Alberto, son unos hipócritas. Recrdemos aquello : el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Ahora se hacen los santos y quien sabe que momentos más oscuros tendrán.
Yo felicito al padre por su valentía al enfrentar su situación.
Mil veces con una mujer que aquellos que irrespetan a los niños. Esos sí son malos. Dijo Jessús " más les valdría atarse una piedra al cuello... que escanalizar a uno de estos pequeños.