Por Joaquín Hernández Alvarado
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En este mes de enero, se cumplieron los cincuenta años de la muerte prematura de Albert Camus. La pregunta ante cualquier posible aniversario de una figura intelectual es si sigue vigente o simplemente se trata de un recuerdo piadoso, un poco el testimonio obligatorio de los eruditos. Por lo demás, resulta difícil en principio que un escritor salido de dos guerras mundiales y muerto en los inicios de la Guerra Fría y de los procesos de descolonización (Argelia en su caso) pueda tener algo qué decir a un mundo en el que la pérdida de memoria histórica está avalada por la más sofisticada tecnología para registrar mil y un datos intrascendentes.
El año pasado, Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur y Premio Príncipe de Asturias en Comunicación, entre otras cosas, presentó la versión de su libro Camus, a contracorriente. Los homenajes que se han escrito en este mes muestran que Camus es una figura inquietante, preocupante, precisamente por ese estar a contracorriente que el título del libro de Daniel destaca y que mantiene a lo largo del texto.
Los intelectuales de "izquierda" siempre se han considerado "a contracorriente". La corriente es el otro nombre del orden establecido, que los ha tratado de condenar al silencio o al exilio de la palabra. En ese sentido, han sido los permanentes cuestionadores del poder en nombre de la verdad, palabra mágica afectada de polisemia. ¿Es Camus otro de estos intelectuales de izquierda?
El problema de la lucha por la verdad es que necesita de verdugos, si es que estamos hablando en serio. El intelectual de ayer, crítico del orden establecido, se vuelve hoy verdugo implacable de los que no piensan como él. No se trata solo de una decisión personal. Es la lógica del poder que pretende aplastar a los que disienten, empleando para ello cualquier estrategia.
No hay por tanto verdugos privilegiados ni, por supuesto, verdades que justifiquen la tiranía.
"La belleza, decía Camus, no puede servir a ningún partido, solo al dolor o a la libertad de los hombres". Por ello, recordaba Luis Daniel Izpizua, en El País, "el único artista comprometido es el francotirador, esto es, aquel que sin rechazar al combate, rechaza al menos unirse a los ejércitos regulares". Albert Camus luchó por unir el concepto de "solidario" al de "solitario". Por eso, fue más allá del intelectual comprometido que exigía Sartre. No se trataba de denunciar, sino de ir más allá de la denuncia, haciéndose cargo del sufrimiento de los demás.
Negándose a ser verdugo, convencido de que ninguna filosofía de la historia redime de la soledad del intelectual.
"La grandeza de Camus consiste en haber unido una ética inflexible a una inagotable capacidad de felicidad y vivir la vida como un baile popular o un día de sol en el mar, aunque sin dejar de enfrentar su carácter trágico, rechazando cualquier moral que intentase reprimir la alegría y el deseo". ¿No son estas las razones por la que Camus está presente entre nosotros cuando la corriente de nuestra época está marcada por los autoritarismos populistas que niegan la libertad?
Hora GMT: 12/Enero/2010 - 05:12
