Segundo E. Moreno Yánez
smoreno@hoy.com.ec
Varios cronistas españoles afirman que los aborÃgenes de América eran, por naturaleza, ociosos. Confirma esta aserción el jesuita Joseph de Acosta, en su Historia Natural y Moral de Las Indias (Sevilla, 1590): "TenÃan por máxima estos Ingas, que convenÃa traer siempre ocupados a los indios, y asà vemos hoy dÃa, calzadas y caminos, y obras de inmenso trabajo, que dicen era para ejercitar a los indios, procurando no estuviesen ociosos". Un testimonio anecdótico refiere Pedro Pizarro en Descubrimiento y conquista de los Reinos del Perú (1571) que, en una ocasión, vestÃa Atahualpa "una camiseta y una manta pardo oscuro. Llegándome yo, pues a él, le tenté la manta, que era más blanda que seda y dÃjele: ¿Inga de qué es este vestido tan blando? Él me dijo: es de unos pájaros que andan de noche en Puerto Viejo y en Túmbez, que muerden a los indios. Venido a aclararse dijo que era de pelo de murciélagos"; y añadió: "Aquellos perros de Túmbez y Puerto Viejo ¿qué habÃan de hacer sino tomar de éstos para hacer ropa a mi padre?"
El folclor ha determinado que el mexicano, cubierto con un enorme sombrero, dormite sentado en el suelo y arrimado a un vetusto muro, mientras el español consume su tiempo apoyado en una pared o un farol, pues "el trabajo es malo para el hombre, la prueba es que se cansa". No está lejos de esta imagen el "chulla quiteño", para quien "todo es un sueño": tácito reconocimiento del "encanto" de la vagancia de un centralismo burocrático. Según la teologÃa mediterránea el origen del trabajo es el anatema bÃblico que reza: "maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento, todos los dÃas de tu vida" (Gén. 3: 17). En El español y los siete pecados capitales, Fernando DÃaz-Plaja (Madrid, 1971) asevera que en España, por más necesitado que sea un individuo, considera el trabajo "como una condena que él tiene que cumplir sin culpa alguna. Especialmente, la administración estatal ha hecho de la pereza una profesión española", la que se concreta en exigir al ciudadano volver mañana o en el mes próximo. Lo ideal es ganar dinero "sin dar golpe": asà reza el dicho popular. Ayuda a la pereza el "fatalismo" que afirma la inutilidad del esfuerzo, pues todo se debe a Dios, o a su sustituto: el Estado benefactor, por lo que los candidatos compiten en el valor de subvenciones y bonos y no en la creación de fuentes de trabajo.
Se ha transmitido una tradición que se remonta hasta Mahoma (S.G.F. Brandon, 1975), según la cual el Profeta habÃa afirmado que "Dios ama el estornudo, pero le desagrada el bostezo". Por lo que un musulmán que siente necesidad de bostezar se aguantará mientras pueda o pondrá su mano delante de la boca, porque al bostezar "el diablo se rÃe de él". Al contrario, al estornudar debe exclamar "Alabanza a Dios"; quien le escuche también dirá: "¡Dios tenga misericordia de ti!"
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Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito







