Hoy recordemos a un niño húngaro llamado Attila Jozsef, que era como un volcán de palabras estremecidas y dueño de una vida trágica. Su primer oficio fue ladrón de leña en el mercado, para evitar que su madre y su hermana fallecieran de frío.
El segundo fue el de creyente en Dios, al que le rogaba, de rodillas, llorando, para que aliviara a su madre. Pero nunca lo escuchó. Y, cuando su madre murió, escribió este poema:
"Mi madre era menuda y murió porque todas las lavanderas mueren pronto. Le dolía la cabeza de tanto planchar. Y de tanto lavar su espalda se encorvó. Yo no sabía que era tan joven".
En la escuela escribió este poema que le valió la cárcel:
"No tengo Dios, no tengo rey, mi madre nunca usó anillo, no tengo choza ni lugar donde morir, no doy besos, no tengo amante. Durante tres días mastiqué mi pulgar por falta de un mendrugo de pan. Si el demonio compra mi corazón, robaré y mataré inocentemente".
Al final Attila se dejó atropellar por un tren y nos dejó sus poemas y sus últimas palabras: "No quiero pactos: ¡déjenme ser feliz!"
Aunque también se muera, no, el ajedrez no es tan cruel como la vida.

Blancas Negras
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Hora GMT: 14/Enero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Ramiro Diez V., Especial para HOY
