Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
Esas pequeñas negligencias que el tiempo acumula nos van haciendo la vida menos feliz. ¿Qué casa no necesita una mano de pintura, reparar una persiana o componer una chapa? ¿Qué relación humana no puede restablecerse mediante una simple llamada de teléfono, una visita o una sencilla explicación? Y, si nos metemos algo más adentro, en la vida de nuestra conciencia y de la moral, nos viene a pasar lo mismo, acumulamos telarañas y pecados, más o menos graves, y aplazamos las buenas decisiones, remitiendo a un mañana improbable todos esos detalles que, por acumulación, suelen acabar en algo más grande, caótico, quizá irreparable.
No era malo lo que recomendaban los directores espirituales de antaño, un examen diario de conciencia, antes de irse a dormir, repasar nuestra jornada y clasificar en sus respectivas categorías morales los diferentes actos humanos, ya fueran de pensamiento, palabra, obra u omisión. En lo personal, esto funciona muy bien. Nos ayuda para que los pecados veniales acumulados no acaben en pecados mortales y para que así nuestra conducta pueda enderezarse a tiempo, con lucidez, con constancia.
Pero ese examen de conciencia individual habría que extenderlo de alguna manera a otros ámbitos sociales, como pueden ser, la familia, la empresa, las calles, los barrios, la ciudad y el país. En estos diferentes espacios, que son de tan vital importancia para todos, hace falta componer muchas cosas que no están funcionando. Se requiere algo así como una revisión de vida, cierta fiscalización social de nuestros deberes grupales y comunitarios. En cualquier edificio, cuando los condóminos no hacen sus deberes y los aplazan sine die, todo se acaba volviendo inmanejable y, por consiguiente, hasta lo más cotidiano se vuelve insoportable. En cambio, cuando todos colaboran, mejora la calidad de vida y resulta agradable convivir. Si hacemos una lista con todos esos desperfectos rutinarios y nos responsabilizamos cada uno de algo, iremos solucionando las cosas una por una y lograremos excelentes resultados.
Me llama la atención lo bien que funcionan los centros comerciales en nuestras ciudades. Son lugares aseados, seguros, en los que se puede encontrar la gente y sentirse bien. Por ellos transitan los mismos ciudadanos de la calle, pero tienen una actitud distinta y cuidan las cosas que están ahí al servicio de todos. En cambio, salen afuera y botan la basura en cualquier parte contribuyendo a la mala imagen de toda la ciudad. Los gerentes y organizadores de estos lugares deberían asesorar a los que gestionan la cosa pública, a ver si clonando la metodología pueden lograrse los mismos resultados.
También es verdad que depende de todos nosotros ese cambio sustancial, porque nadie puede por sí mismo solucionar tantos desperfectos como seguimos acumulando. Ojalá estos días de Pascua puedan ayudarnos a avanzar en la buena dirección. A fin de cuentas, Pascua significa paso, que es la palabra justa para lo que necesitamos, dar pasos en el progreso hacia el bien común, más allá de cualquier ideología.
Autor: Roberto Fernández - rofer@hoy.com.ec Ciudad Quito






