Simón Espinosa Cordero
simeco@hoy.com.ec
Mindeportes en cuarto de baño, despacho ministerial. Va ya hora y media. No sale. La secre se preocupa. ¿Se habrá desmayado? ¿Se quedó dormido? ¿Tendrá las venas cortadas? Pero no fluye sangre bajo la puerta. No se oyen ronquidos. Sí, se ha desmayado. Habrá que comprobarlo. No tengo la llave del baño. ¿Llamar al conserje para que tire la puerta abajo? No, primero hay que comprobarlo. Pero, ¿cómo? Hay un ventanuco alto, abierto por razones de ventilación. Busca una silla; no, mejor un pequeño escritorio, es más alto y estable que una silla. Antes, con todo, cierra la oficina. No quiero que me encuentren curioseando. Me podría costar el puesto. Sube a la silla, de la silla salta a la mesa, se estira, alcanza el ventanuco, se agarra del antepecho, se empina, mira. ¡Horror! Allí está el señor ministro, sentado en la taza, la tapa bajada, los pantalones normales, con la revista Estadio en la mano y una sonrisa de satisfacción en la boca. Baja la secre en secreto, se pone a la computadora, cavila. ¿Por qué se encierra en el baño para leer una revista deportiva? Tras unos minutos de concentración se le ilumina el rostro. Ah, ya, claro, por supuesto, después de la orden del señor presidente de que en las oficinas públicas debe haber solo periódicos públicos, revistas públicas, música pública, so pena de excomunión de la revolución … Claro, claro, claro. La revista Estadio estaba llena de fotos del triunfo sobre Colombia…
Bella, sensual, vaporosa, mimada, voluptuosa, reina, la minambiente entra al ascensor, taconea el piso, aplasta subteráneo 2, se dirige al automóvil público que le corresponde como miembro, no, como miembra del gabinete revolucionario, el chofer le hace una venia, le abre la puerta, espera que se siente, se asiente, se ponga el cinturón, se mire al espejo, estire las bellas piernas y le diga: Kiko, llévame al Zuloaga de la Coruña. Las peluqueras, las cosmetiqueras, las uñeras de los dedos de las manos, las podólogas, las clientes, no, las clientas, los clientes, la miran, la admiran, la envidian, ¿se hará lavar el pelo, la peinarán, le teñirán los cabellos, le depilarán las piernas…? La ministra responde a los saludos, complacida. Pase, señora ministra, tome asiento, qué se va a hacer ahora, está tan guapa como siempre… No, por ahora no necesito nada. Solo vine un momentito a leer la revista Cosas, espero no molestarlas. Cómo va a creer eso, señora ministra. Aquí tiene la última. Mercedes, trae también la penúltima. Apúrate, es para la señora ministra, que se arrellana, cruza las piernas, se baja la falda, abre la revista y se queda sumida en la lectura durante dos horas concentradas. Le traen un café. ¿Qué buscará la ministra? ¿Habrá salido en el social? ¿Verá qué se lleva ahora en los cocteles por la noche? ¿Buscará un perfume seductor que la vuelva irresistible y no destruya el medio ambiente? Y ¿por qué vendrá a leer aquí y no en su casa o en su despacho? Ah, claro, claro, claro, ah, ya, claro, por supuesto, después de la orden del señor presidente de…
Autor: Simón Espinosa - simeco@hoy.com.ec Ciudad Quito







14/Junio/2012 a las 16:16
Genial, una historia por cada funcionario, no creo que sea ficción, pero llegaremos al punto de no encontrar las caras de ellos en los medios que miran clandestinamente?. Nos llevará hasta allá la guerra de poderes?
16/Junio/2012 a las 14:24
DR. ESPINOZA, MUCHAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS, EN VERDAD LE COMENTO QUE UTILIZARÉ
COMO TALLER DE LECTURA PARA MIS ALUMNOS DE SÉPTIMO DE BÁSICA.
ES UN TEXTO EXTRAORDINARIO, POR FA QUE NO SEPA EL "AYATOLA" CRIOLLO, CON PERDÓN DE IRÁN, TANTO SE JUNTAN AL LOBO, QUE AL FIN AULLAR APRENDEN, JEJE...