Por Juan Montaño Escobar
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El pasado 1.º de marzo debió ser de celebraciones en las inteligencias asociadas, la colombiana y la estadounidense, pero tras los whiskys debieron venir algunos tragos amargos, porque por estos días se desbarata la telaraña de informantes tejida sin dificultad en el Ecuador. Aunque el balance para los organismos de espionaje es bastante satisfactorio: captura de decenas de guerrilleros en territorio nacional (inclúyase a Simón Trinidad), ubicación de casas de seguridad de la guerrilla (jamás de los paramilitares), seguimiento a personalidades ecuatorianas de izquierda (después se intentaría desacreditarlas), infiltración en eventos políticos y localización satelital del campamento clandestino. El libreto ideológico fue desempolvado de los archivos de la Guerra Fría.
Y ocurrió el bombardeo de Angostura con sospechosa precisión, la muerte de Raúl Reyes, sus compañeros y los visitantes mexicanos. Fue errónea la evaluación política del Gobierno colombiano y las respuestas recibidas de este lado no eran las habituales a las groserías de sus actos inamistosos.
La sumisión se había cancelado y los espías no lo advirtieron.
El lenguaje de una diplomacia insólita reemplazó a la acostumbrada hasta entonces: el cruce verbal tuvo ponzoñas que no alivianaron la mano de pretendida amistad de Álvaro Uribe y la áspera mirada de Rafael Correa desmentía cualquier vuelta al reciente pasado de soportar abusos de este y anteriores gobiernos colombianos.
El cambio fue total: a los pocos días en la mayoría de los medios de allá y de acá, aparecieron acusaciones de complacencia de las autoridades ecuatorianas con la guerrilla y solo unos pocos pedían explicaciones de por qué no hubo acciones de prevención a la incursión militar. Luego se supo la falla de los organismos de inteligencia del Ecuador.
Lo acontecido no ha sido ni es al azar, las acciones encubiertas de los organismos extranjeros de espionaje y la presunta complicidad de algunos nacionales muestran las complejidades de la conspiración, que al inicio debió ser contra las FARC y sus organizaciones de apoyo, pero que nunca perdió de vista al Gobierno de Rafael Correa.
Fue cuando alguien empezó a convertir en peligrosos supuestos la amistad de José Ignacio Chauvin con los ñaños Ostaiza Amay y ahora se busca una vereda para arribar a la "narcopolítica".
Alguna vez le pregunté al asambleísta Abel Ávila sobre la agilidad de la Fiscalía para perseguir a Lucía Morett y el silencio cómplice frente al asesinato de 25 personas en territorio ecuatoriano. Su respuesta fue que sí hay una denuncia contra Álvaro Uribe y su ministro de Defensa. Sin importar las culpas de los guerrilleros y los que estaban en ese campamento, aquello fue asesinato a sangre fría. El actual presidente de Colombia dijo que él asumía responsabilidad y consecuencias. Ya pues, que se le acepte la confesión y se proceda.
Hora GMT: 28/Marzo/2009 - 05:08

28/Marzo/2009 a las 16:25
¡cómo se duelen algunos de sus prójimos narcoterroristas! Es que son tan humanitarios con los pobres que tienen que sufrit bombardeos para ganarse el pan de cada día.
28/Marzo/2009 a las 17:11
Los nostalgicos de la partidocracia siguen con su comportamiento compulsivo para llamar la atencion. Con esta gente que no tienen espacio en su corto pensamiento para la palabra CAMBIO, tratan de volver a sistema caduco y obsoleto.
Lamentablemente tendran Correa para largo.