Por Margarita Laso
mlaso@hoy.com.ec
Les decimos angelitos, pollitas, cachorros, y ellos están ahí, sin alas, pero volando en este mundo. Con afán van a la escuela. Qué tranquilidad cuando se encuentra un pupitre para ellos, cuando completan sus útiles escolares. Con expectativas como abanicos, se ven en el patio. Conversan y juegan en pequeñas comunidades humanas. Allí conocen otros acuerdos, la ilusión colectiva, el amor a lo que nos une. Allí también crece lo que nos constituye: curiosidad, espíritu de búsqueda y aventura, admiración por lo bello, fragilidad, valentía.
Niños y niñas caminan en el mundo que tenemos. Dejan sus huellas en los chaquiñanes, en el empedrado, tal vez también en el adoquín. Dejan sus pequeñas sombras bajo la sombras de las cucardas, del jacarandá, del cholán amarillo. Y traen en sus zapatos de vuelta a sus casas la tierra de su tierra, la verdad de sus entornos, a veces regalados con servicios básicos y parques infantiles, a veces en pleno desarrollo es decir sin parques ni caminos-, a veces alejados de todo privilegio. Caminan mucho las niñas y los niños. ¿Qué porcentaje de infantiles es beneficiario del transporte escolar en estas parroquias quiteñas? Vemos a niños cargar sus mochilas y esperar en la vía, donde no hay veredas ni paradas, donde deben evadir los peligros grandes y grandísimos. Caminan como mínimas antaras de vecinos que se acompañan; caminan otras veces, muy solitarios o solitas, que dicen, con la cabeza humedecida por el movimiento y el juego, por el esfuerzo y el sol. Caminan y llevan unos erizos en el pelo como coronas: guerreras con penachos, reyes despeinados. Van con las mejillas de tomate de árbol, van con los gorriones de sus ojos, van con el deber del regreso y su certeza.
¿Y qué hay en ese regreso? ¿La casa es el fogón de cálidas preguntas? ¿La casa es un plato de comida caliente, la ropa seca después del aguacero? ¿La casa es alguien que espera? Y aquí está el mundo. Fuera de la casa, cundido de rumores. Y así niñas y niños caminan hacia el río, Jessica, Blanca, Jeimy, Edison, Alex, Mayra, y otros compañeros. Son nuestros, los aquí nacidos y la dulce caminante Mayra del Putumayo. Son nuestros. ¿Se puede romper el alma de una ciudad? ¿Se puede partir su corazón? Estas heridas ¿pueden ser puentes para figurarse y construir un cielo menos desprotegido en este suelo? ¿Cómo hacemos para no olvidar lo que nos pasa? ¿Cómo, para encontrar las causas y el alivio; cómo, para reconocer y despejar el peligro? No es la primera vez que se sacan cadáveres del río dicen, pero cómo lo ignorábamos. Ante procedimientos forenses de rutina, una comunidad defiende los cuerpos de los niños ahogados. ¿Cómo hacemos para que crezca la solidaridad?
Niños de Lumbisí, de este valle, de este Quito, se van a coger peces. Al otro lado del río la poza donde brillan. Al otro lado, la imaginación: ¡si hay el pez mariposa, el pez jirafa, el pez libélula que se resbala, el pez volador! En una botellita plástica se pueden transportar de un mundo a otro y los tendremos en el corazón, inasibles y hermosos, como en sueños.
Hora GMT: 25/Abril/2009 - 05:08

















25/Abril/2009 a las 11:17
Son los ángeles que descansan, los guardianes de la paz, son las aguas cristalinas que aún están ahí; el las entrañas del aquel rió, en sus piedras y en su ley. Niños de Lumbisí, la tristeza de sus padres por la alegría del Edén, caminad por esas nubes que muy pronto volverán, en las gotas de roció otra vez ha aquel lugar; donde sin duda alguna, ya nunca morirán. Condolencias con todos los familiares de aquellos angelitos.