|    Pico y placa Quito:  3-4    |  

Álex Quiñónez

Publicado el 13/Agosto/2012 | 00:50

Susana Klinkicht

susanak@hoy.com.ec

Sin Álex Quiñónez, estos Juegos Olímpicos de Londres hubiesen terminado para los ecuatorianos como comenzaron: lejanos, ajenos, sin mayores emociones. Cuando ya nos estábamos acostumbrando a adoptar sobre la marcha atletas y equipos de otros países para apostar por ellos y cuando los locutores de radio y televisión se contentaban con mencionar las medallas latinoamericanas como propias, apareció de la nada el deportista esmeraldeño. Su clasificación a la final de la carrera de 200 metros fue celebrada como un triunfo.

Aún antes de que lo lograra, el país depositó sobre él todas sus expectativas, fue objeto de la motivación del vicepresidente de la República y recibió tantas llamadas, que la presión amenazó con provocar un fracaso. En una entrevista transmitida desde Londres dijo que le temblaron las piernas, en el momento de partir para su tercer lugar en las semifinales. Ese resultado lo convirtió en leyenda, aún cuando finalmente llegó en el séptimo lugar entre los ocho finalistas.

En esa entrevista anunció de antemano que no ganaría una medalla. Al parecer, conoce su potencial y sus limitaciones, sabe ubicarse en el contexto internacional. Sin embargo, su declaración no dejó de asombrar, tal como lo hizo en su día la aseveración de Jefferson Pérez antes de partir a Atlanta, de que estaba seguro de poder ganar.

En un análisis sobre Usain Bolt, cuyo nombre hemos aprendido gracias a Álex Quiñónez, los científicos, deportistas y comentaristas entrevistados sobre el hombre más rápido del mundo llegan a la conclusión que una parte importante de su genialidad está en su carácter. El jamaicano se jacta de ser indisciplinado, de no entrenar como debería, de tener un talento tan excepcional que, de utilizarlo con aplicación, rompería todos los récords establecidos por él mismo. "Los vencedores no dudan nunca, los que titubean no ganan jamás", es la conclusión a la que llegan los estudiosos.

Es demasiado temprano para saber si nuestro nuevo ídolo logró superarse en Londres porque, a pesar de las adversidades que ha tenido que sortear, tiene esa autoestima fundamental de los campeones. O si llegó a su límite en la competencia, debido al temor a la responsabilidad del que él mismo habló. Su futuro depende de la respuesta a esta pregunta.

Lo que sí sabemos después de leer su trayectoria es que constituye un ejemplo más de la inconsistencia de las instituciones deportivas en el fomento de los talentos nacionales. En Londres hubo participantes ecuatorianos desmoralizados, lesionados, uniformes que no pasaron la inspección, deportistas que daban la impresión de estar allí por esfuerzo propio y a pesar de las circunstancias, no por un progreso sistemático en las diferentes disciplinas.

La verdad es que, para Brasil 2016, sería saludable poder disfrutar de una delegación con aspiraciones reales de lograr alguna medalla. La inversión resultaría además lucrativa, si se toma en cuenta la comprobada motivación general que surge de los triunfos deportivos.

Sería un buen paso hacia una sociedad de vencedores.

 

Autor: Susana Klinkicht - Ciudad Quito

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