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Alegre vocinglería

Publicado el 08/Febrero/2009 | 00:09

 

Por Jaime Acosta Espinosa


jjacosta@hoy.com.ec

E l Conartel, con la lanza en ristre, el casco hasta las cejas y los ojos inyectados de sangre, amordaza a la radio y la televisión. Ordena olímpicamente que "en sus programaciones que incluyan encuestas y consultas, se eliminen apreciaciones o afirmaciones que atenten contra la honra, dignidad y buen nombre de las personas".

Amordazar es la forma menos civilizada de discrepar. Amordazar, con ímpetu y furia, evoca los tiempos en los que el país sufrió la tiranía de las conciencias. Con sudor y lágrimas, logró librarse de ella, y la paz social exige que no vuelva a caer en la misma. Amordazar, además de una tosquedad de mente, de una falta de lógica en los juicios globales y de un error al intentar aglutinar a las personas según los prejuicios de quien pone la mordaza, es un disfraz para cualquier intento de persecución o venganza.

La réplica de los medios ha sido contundente. Defender el derecho a disentir es defender el derecho a ser responsable. Sin embargo, todavía quedan flameando numerosas inquietudes y dudas sin respuesta. ¿Quién va a determinar cuáles apreciaciones atentan contra la honra, la dignidad y el buen nombre de las personas, limpiando toda esa resonancia subjetiva, tan delicada en estos temas de opinión pública? ¿Por qué esta misma prohibición no se dirige a los personajes que, desde el trono iracundo suministrado por los canales de televisión y radios del Estado, riegan a mansalva carretones de insultos y hervideros de disparates disfrazados de alegre vocinglería, que atentan gravemente contra la honra, la dignidad y el buen nombre de cualquier ciudadano, al que no se ve como persona digna de respeto, sino como cachivache deseable o aborrecible, según las sensaciones que le produzcan al orador en su momento?

Una persona, por muy encumbrada que se encuentre, por muy superdotada que se considere o por muy astuta que se vanaglorie, si no sabe tratar a los demás o si aprovecha su posición para acanallar a los otros, pierde toda su valía y su razón. Ese tono provocativo en el lenguaje oficial, con abundantes momentos de pequeñez y estrechez mental, a lo mejor solo sirve para ocultar la carencia de referentes o para destapar una abundancia de complejos y temores a la hora de enfrentar la adversidad, en lugar de enseñar, fortalecer, iluminar, motivar y unificar a las gentes. Saber escuchar y ser sensibles ante la opinión ajena son pequeñas acciones que reflejan grandeza de alma, dando sentido a su trabajo y a su posición en la sociedad. Parece que "rebajan sus miras, a medida que aumentan sus poderes", comentaba Sertillanges.

La veracidad, el respeto y la objetividad de la palabra crean una opinión pública libre de presiones ideológicas y políticas, además de potenciar los valores humanos y democráticos de la mayoría de ciudadanos. De ahí, la importancia de la actuación de los líderes nacionales, que sean profesionales al servicio no solo del progreso económico y social, sino más bien del progreso de la persona humana.

"El liderazgo es una oportunidad de servir, no de lucirse", J. Walters.

Hora GMT: 08/Febrero/2009 - 05:09

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