
Cinco minutos antes de adentrarse en el bosque Aguarongo, en Azuay, todo se ve rojo. Es el color propio de El carmen de Jadan debido, según los lugareños, a la presencia de tierra arcillosa en el sector. Tienen esa tonalidad, desde los becerros que pastorean por allí, pasando por los perros que transitan la carretera (en excelente estado) hasta las casas de adobe.
Partiendo de Cuenca, toma 45 minutos en tiempo y 50 kilómetros en recorrido llegar al Centro de Gestión e Interpretación Aguarongo, inaugurado recientemente. El viaje es tranquilo. Permite identificar uno a uno los sonidos que fabrica el bosque y que evidencian la presencia masiva de mirlos, colibríes, diversidad de ranas o pájaro azul.
Un complejo de cabañas redondas, de ladrillo, con dos techos sobrepuestos de tejas planas de barro, terminadas en punta, reciben al visitante que a esas alturas del paseo ya siente que el frío se ha instalado en cada rincón de su cuerpo.
El lugar ofrece hospedaje para 30 personas. Los espacios se identifican con nombres en quichua: a la administración, por ejemplo, se le llama pushaghuasi, que quiere decir la casa que dirige.
El sitio está administrado por personas de las comunidades de Santa Ana, Zhidmad, Jadan, San Juan, San Bartolomé y Gualaceo, en coordinación con la Fundación Ecológica Rikcharina. Para todos ellos, el bosque Aguarongo es más que naturaleza, es su protector, dijeron. Lo más importante es que este bello lugar es el principal abastecedor de agua, tanto para riego como para consumo humano.
Disponen aquí de un sistema de tratamiento para las aguas servidas y pantanos de purificación artificial, tecnologías que usan para no causar impactos ambientales negativos, comentó Zaida Vicuña, administradora del Centro.
Los visitantes, previa reservación, estarán rodeados de diferentes plantas, entre ellas la que da nombre al lugar, el aguarongo, una especie de penco que antes servía de alimento a los osos de anteojos.
A la hora de las comidas, diversos platos nacionales se registran en la carta: locro de papas, habas con queso, colada de mora, tortillas y cuy asado, entre otros. Estos productos se compran a la gente que vive en los alrededores con el fin de colaborar en sus economías.
Quienes viven en la zona construyeron tres senderos, que es mejor recorrerlos en compañía de guías nativos, instruidos para atender al turista y responder a sus preguntas.
Mientras se camina por el bosque, el olor a valeriana se impone entre todas las plantas medicinales y ornamentales, identificadas cada una en letreros en donde se coloca, aparte de su nombre, sus características.
Cada plantita habla con quien la mira, pues el texto está escrito en primera persona: Soy el Gañal, un arbusto que llega a medir hasta 5 m. En grupos de 20 personas se organizan las divertidas exploraciones que al tiempo educan en el tema ambiental. (XPA)
Hora GMT: 23/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO
