Nadie con tan solo un adarme de neuronas podría suponer que en el Ecuador se vive en democracia. Remontarnos al siglo V a.C. para hablar de los inicios de ese sistema político es un ejercicio que en el tiempo actual y las circunstancias prevalecientes lo hacen aparecer como fatuo y no como antecedente histórico vital. Entonces, ubicándonos en el análisis de una maraña en que convirtieron a la institucionalidad republicana, siempre estuvimos en expectativa con la Asamblea Constituyente, no por su esencia filosófica y como expresión de voluntad popular, sino porque los que manejaron los hilos de su aparición en el escenario político lo hicieron con el propósito de utilizarla para fines perversos, que llenaría egocentrismos, pero cubriría de pústulas el rostro del país, apareciendo inflamaciones más repugnantes de las cometidas por la partidocracia, la cual no la han extinguido conforme queda demostrado en las últimas elecciones seccionales de las nuevas provincias de Santo Domingo y Santa Elena.
Aún cuando se expidió un mandato avalado por un tribunal vergonzoso por el que se expidieron nombramientos a los que no había lugar, debemos reconocer que se destacan los méritos intelectuales del doctor Washington Pesantes, quien es un profesional con formación académica -él sí-, el mismo que desde las funciones de ministro fiscal general se trasladó a Montecristi, cuna de Alfaro a la que pretenden convertirla en sepultura de la democracia, para explicar a los hijos de la revolución ciudadana que la amnistía obra en los juicios políticos, por lo que no se aplica en los delitos comunes, y por tanto no surtía los efectos legales que había ordenado despachar el nuevo dueño del país.
No señalamos ningún caso en especial, tan solo nos referimos al criterio sensato y experimentado de un estudioso del derecho que conoce a la perfección la hermenéutica jurídica. Mas hicieron caso omiso del análisis que hizo el titular de uno de los cargos más representativos.
En el campo de la Función Judicial no dejó de sorprendernos que el doctor Roberto Gómez Mera, quien ocupa las funciones de presidente de la Corte Suprema de Justicia, ya en su primera declaración pública señalaba que el Ecuador no vive un estado de derecho. Nada novedoso, por cierto. La sorpresa se desprende que si se ha percatado de aquello, cómo es posible que haya aceptado presidir uno de los trípodes en que se asienta la fórmula elaborada por Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, quedando demostrado que lo importante no es ser sino estar. Las consecuencias no se hicieron esperar. La mayoría de ese tribunal lo desautorizó como su representante, cuando decidió la posesión de magistrados que el doctor Gómez había solicitado previamente que sean auditados. Ante la perversidad y tibieza, Cicerón exclamó: ¡O témpora, O mores!
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Hora GMT: 30/Marzo/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Luis Herrería Bonnet
