Quito. 22 ene 99. (Editorial) De entre las linduras que
suelen aparecer en nuestras tierras, ya por obra de la
novelería, ya por el folclor que nos recorre las venas, ya, en
fin, por las ganas de hacernos daño, tiene su valor propio la
del candado constitucional, modalidad adoptada por los
asambleístas de la reciente constituyente. El candado es un
verdadero dogal o yugo que establece que las reformas a la
Constitución, tan brillantemente parida en junio del año
pasado, deben esperar un año entre la primera y la segunda
discusión, no precisamente para que las gentes reflexionen
sobre la conveniencia de los cambios, porque si así fuese
debería imponerse la tara encima de todas las leyes, sino para
impedir que se progrese.
Yo creo que el inefable candado nació en la Asamblea desde el
sector de los naftalinos que lograron impedir ciertas reformas
de fondo, de las que el Ecuador necesita, y establecieron la
vigencia, por un año, de la camisa de fuerza con la que nos
han amarrado al pasado que hoy nos tiene así, pobres,
retrasados, en condición de Cenicienta de América. No será
poco lo que ayudaron quienes, en cambio, no quisieron dejar
abierta la puerta para cambios futuros, seguros como estaban,
y deben estar ahora, de que sus ideas y aportaciones para la
nueva Constitución, aparte de haberles convertido en una
especie de Catones o Papinianos de poco tamaño, habían hecho
la felicidad de la patria ecuatoriana.
Sea lo uno o lo otro, es absurdo que se haya colocado un
candado en un país en crisis que necesita, por ende, que se
hagan reformas urgentes y se apliquen medicinas emergentes
para salvar la vida del Estado, dentro de la cual está la vida
de los ciudadanos. Es un tamaño disparate y una terrible
contradicción tener una Constitución petrificada o congelada,
mientras la sociedad en su conjunto se debata en una situación
pavorosa.
Para que nada nos falte, a la pobreza generalizada y a la
penuria fiscal, se ha sumado la ridiculez del candado
constitucional por un año. La medida de 365 es una estupidez
porque supone el siguiente razonamiento: a los 364 días no es
admisible una reforma, pero 48 horas más tarde, a los 366
días, si es indispensable cambiar la constitución. Ese
argumento no se sostiene en ninguna parte del mundo.
Hay que ir de inmediato a la ruptura del tal candado. Ayer
entrevisté en "Hoy la Radio" a don Jaime Hurtado González y a
don Jorge Marún, líderes de los bloques legislativos del MPD y
del PRE, quienes declararon solemnemente y sin que quepan las
malas interpretaciones que eran firmes partidarios de romper
el yugo constitucional. Me imagino que igual posición tendrán
la DP, el PSC, el PC y el FRA, aparte de otros legisladores
que tendrán la sensatez de admitir que cuando se tiene un dedo
de frente y un armario lleno de medicinas para un enfermo
grave, es obligatorio abrir el mueble, aunque se haya
prometido infantilmente no usar la llave sino un año más tarde
y después del entierro del paciente...
Señores, tienen amplísima y suficiente mayoría. El país
necesita cambios urgentes que no admiten si la trampita del
candado ni las dudas o temblores de quienes tienen la
responsabilidad del presente y futuro nada menos que en sus
manos. (DIARIO HOY) (P. 4-A)
Hora GMT: 22/Enero/1999 - 05:00 Ciudad Quito Autor: Por Marco Lara Guzmán
