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A mis maestros

Publicado el 25/Febrero/2010 | 00:08

Por Juan Jacobo Velasco

velascoj@hoy.com.ec

A diferencia de lo que dice el tango, 20 años es mucho. A veces, demasiado. Sobre todo porque ese tiempo es sinónimo de un cambio que se vuelve evidente en, por ejemplo, eventos de ex alumnos. Nadie es igual a como salió del colegio. No solo que muchos están distintos, sino que incluso hay casos en los que no se reconoce al compañero y hay que preguntarle como tres veces si el que dice que era, lo era de verdad.

Lo bueno es que, conforme pasa el tiempo del reconocimiento, a veces chocante -porque si uno ve a los otros así, la probabilidad de ser visto igual es la misma-, la vista comienza a hacer asociaciones necesarias que cuadran las imágenes con ese pasado más feliz. Con el correr de los minutos, la gente ayuda. La timidez fruto de dos décadas y la falta de contacto con los otros da paso a las muy adolescentes actitudes propias del colegio que, gracias a las anécdotas, las conversaciones y la jodedera, afloran y son bienvenidas. Whiskies mediante, las ovejitas se transforman en lobos feroces, que muestran unas fauces bienvenidas por el resto de la manada, que, unida, comienza a aullar de alegría.

Empero, el meeting de la jauría tiene un elemento nuevo: 11 ex profesores. La mayoría se ve igual. Hay como una contradicción entre la primera impresión de los miembros de la manada y esta segunda impresión viendo a los que fueron sus pastores. El tango puede tener razón. La reunión sigue un curso que incluye placas de reconocimiento. Uno a uno, los profesores se acercan a recibirlas y las agradecen. Los antiguos maestros -mis antiguos maestros- reblandecen, se transforman en lo que fueron y siempre serán. De pronto, hay una peculiar sensación en el ambiente. Las placas que llevan impresas palabras de agradecimiento son acompañadas por sonrisas o gestos que expresan lo mismo. Tras 20 años, en que los jóvenes deben crecer y enfrentarse a un mundo brutal, se desarrollan capacidades de entendimiento de los otros. La mirada de la manada se acerca a la ternura. Una ternura tenue y comprensiva por la paciencia que tuvieron los pastores. Por la construcción diaria de una vocación a la que la mayoría no está llamada.
Los jóvenes son ahora padres. Se enfrentan a la tarea de educar. Mirando otra vez a esos 11 que fueron sus maestros, los acogen en sus corazones con mucho más respeto que el que pudieron tener en el colegio. Todos entienden cuán duro es el camino de formar a niños y a jóvenes que no son sus hijos. La sabiduría interior para no mandar todo al cuerno cuando los alumnos que fuimos vivíamos distraídos o jugábamos a descubrir los límites de la cordura del maestro.

No recuerdo muchas cosas. La mayoría de las calles, las reglas de sintaxis, los accidentes geográficos en el Oriente ni cómo sacar manualmente la raíz de 15657. Pero sí recuerdo el tesón y la entereza de quienes me educaron y contribuyeron, en el silencio de su vocación, a volverme una persona.

Hora GMT: 25/Febrero/2010 - 05:08

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