Por Ileana Almeida*
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El Estado, en tanto instancia ética, es un "asunto del pueblo" (res publica), y el pueblo es una asociación de hombres unidos por un mutuo consentimiento, en lo referente a las leyes, y por el deseo de participar de sus ventajas. Ciudadano es un individuo reconocido e incluido como miembro del Estado. Hasta aquí, no todo está claro dentro de la ciencia política específica. Sin embargo, cuando se llega a los comportamientos prácticos, todo se derrumba. Qué impactante fue la reflexión de la periodista Milagros Aguirre en el programa Palabra suelta, del canal público, al denunciar que el pasado 10 de agosto, mientras se celebraba con bombos y platillos el Bicentenario de la Independencia, los taromenane, abandonados y excluidos del Estado, sometidos a los intereses de las transnacionales y víctimas de su ambición, terminaron con la vida de tres personas porque no les quedaba otra manera de pedir justicia para su pueblo.
El doloroso incidente que se produjo en territorio waorani sirve para repensar el significado del eslogan del Gobierno: "revolución ciudadana". Una cosa es utilizar la lengua oficial, practicar una cultura que se refleja en instituciones estatales, habitar en un territorio defendido por un Ejército organizado, ser en definitiva ciudadanos. Otra cosa es vivir supeditado a intereses ajenos y a los designios de un Estado que permite la depredación de los pueblos indígenas, lo que no les garantiza la ciudadanía. Proclamar la "revolución ciudadana" sin considerar la particular situación de aquellos bien podría implicar su exclusión de los propósitos que guían los pasos del Estado que, por su propio origen y trayectoria histórica, nunca se ha comprometido a fondo con los derechos de esos pueblos y nacionalidades.
En el pensamiento político del momento, no consta la idea de la no ciudadanía indígena, que ya es grave; pero eso no es todo: no se puede pretender significar un proceso social sin el manejo conceptual mínimo.
El término "ciudadano" fue criticado ya por los filósofos estoicos, que lo consideraron una idea deshumanizante y contrapuesta al derecho natural, propio, eso sí, de la aristocratizante polis griega. Las construcciones discursivas son cambiantes, y el término "ciudadanía" se despliega en un plano de generalidades imprecisas, pero, a pesar de la dinámica de la lengua, ha mantenido su principal significado: el de una condición impuesta al individuo por una estructura establecida para garantizar un orden consolidado en la sociedad. "Revolución", por el contrario, significa transformación radical y profunda respecto al pasado y en todos los ámbitos: económico, social, político, cultural, tecnológico, educativo, etc. Los términos "revolución ciudadana" intentan conciliar significados opuestos que anulan su contenido y que, por tanto, siembran más de una duda sobre su utilidad para establecer una orientación política acertada.
El membrete se ha creado de buena fe. Pero no basta la buena intención, hay que pesar en conceptos que impliquen igualdad entre los seres humanos y los pueblos.
*Filóloga, invitada de HOY
Hora GMT: 19/Septiembre/2009 - 05:12
