Por Claudio Mena Villamar
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No sé si las más altas autoridades de educación se preocupan de la historia nacional que se enseña en los planteles de educación. Lo que se sabe es que esta materia no tiene la importancia de otras, por lo que se la mira más como una materia de relleno. En todo caso, si se enseña esta materia, es importante conocer la forma en que se lo hace, los textos de historia que se ordena leer a los alumnos, el tipo de trabajos que se cumplen dentro del proceso de enseñanza, etc.
Es necesario insistir en los criterios y argumentos que obligan a que se conozca la historia de una forma moderna, promover en el estudiante el interés por conocer el pasado de su nación, avivar en su espíritu las ganas de leer y de investigar, pues en historia nunca se ha dicho la última palabra.
Se ha sugerido que es deber de cada generación volver a escribir la historia, porque los hechos del pasado siempre ofrecen nuevas visiones, diversas interpretaciones. Caben, en consecuencia, explicaciones diferentes a las tradicionales, apareen nuevos puntos de vista de parte de las nuevas generaciones que tienen otras visiones, otros paradigmas, nuevos ojos para mirar y estudiar el pasado. En consecuencia, la historia no puede ser mirada como un libro construido para siempre, intocable, sino todo lo contrario. Nos encontramos en este año celebrando el bicentenario del "Grito" de la Independencia, o sea, del primer gobierno creado en América por los criollos y que tuvo una efímera duración, pues después de este episodio viene una etapa turbulenta, sangrienta y los años que un historiador colombiano llamo "la patria boba" hasta la independencia de Quito, en 1822, luego de la independencia de Guayaquil.
Algunos historiadores en nuestro país y también en otros, se han alineado con quienes propugnan que se debe escribir una "historia heroica", poblada de héroes, de grandes batallas, de sucesos grandiosos y, por otro lado, opacando las traiciones, las cobardías, las derrotas, los grandes errores, etc. Claro que debe reconocerse que los pueblos, especialmente en su origen requieren tener un pasado heroico que cree y fortalezca su identidad mediante el conocimiento de un pasado poblado de grandes hazañas y de héroes para los que se reserva el arte de la estatuaria, de los solemnes panteones y de las grandes conmemoraciones. Destacar realmente, hechos de gloria nunca está mal, pero no debe olvidarse nunca que la historia se encuentra en el nivel de una ciencia y ésta dentro de cualquier rama del conocimiento lo que busca es la verdad, aunque ésta sea esquiva, pues muchos grandes errores en el conocimiento histórico se han descubierto tiempo después de sucedido.
En nuestro país se ha creado una división entre historiadores quiteños y guayaquileños, respecto a la interpretación del 10 de agosto de 1809, situación que debe superarse. No cabe ni minimizar al nivel más bajo el episodio de Quito, ni tampoco encumbrarlo a los aires de la gloria inmarcesible. Sí sería necesario recordar aquella leyenda que apareció a comienzos de la República: "Último año del despotismo y primero de lo mismo".
Hora GMT: 27/Febrero/2009 - 05:09

27/Febrero/2009 a las 09:47
He sido profesor de Filosofía de la Historia y el señor Claudio Mena Villamar toca un punto que pertenece a la filosofía crítica, respecto: 1) de si la Historia es una ciencia, que no lo es, sino una disciplina científica, y 2)sobre la verdad e importancia de los sucesos del 10 de Agosto de 1809. No cabe duda de su esencial trascendencia en la vida nacional porque expresó la voluntad libertaria de los hijos de esta tierra, en los mejores y únicos términos posible en esa época: esto es lo importante y lo que debemos celebrar con sano orgullo. Añadiré un tercer punto: debemos aprovechar las gestas patrias para unirnos más como ecuatorianos y si tenemos temas para discutir hagámoslo, pero con sentido unitario y respetuosamente, tratanto de comprender los criterios del otro, sin la fatuidad creer que solo nosotros tenemos la verdad. Ojalá que los historiadores de todo el país se reunan para unificar el relato.
Saludos cordiales, E. Peña T.