Por Marco Lara Guzmán
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Después de cuatro décadas y más del asunto, encuentro entre mis viejos papeles, cajas de cartón con pretensión de archivos de las cosas idas, una invitación de la Universidad Católica para el Salón de la Ciudad, un miércoles 29 de mayo, a las 18:15, para la realización de una mesa redonda, desde luego, muy ambiciosa, nada menos que sobre la "Decadencia de la novela contemporánea", organizada por lo que entonces se llamaba, ¿habrá desaparecido?, Colegio de Periodistas de la PUCE. El acto debía empezar con una exposición introductoria a cargo del jesuita Feliciano Delgado. Luego, como a la cola, siete veinteañeros listos para decir lo suyo: Francisco Proaño Arandi, acerca de Ladislao Reymont; Leonardo Alvear Vergara, sobre Thomas Mann; Marco Lara Guzmán, por Franz Kafka; Patricio Quevedo Terán, con William Faulkner; Fernando Ordoñez Villacreses y John Dos Pasos; Benjamín Ortiz Brennan, sobre James Joyce; cerrando la fila, el mayor del grupo, Edmundo Rodríguez Castelo, acerca de Marcel Proust.
Luego de las expoiciones, se había programado un foro público para que los asistentes pudiesen opinar sobre el vasto y hondo tema propuesto para la discusión.
No intento repetir lo que cada uno de los ponentes dijo, creo que, además, ni lo recuerdo. Cabe, más bien, echar algunas gordas pinceladas sobre tamaño lienzo. La primera para decir que resultó premonitorio que esa presentación de los siete hubiere sido preparada por el Colegio de Periodistas de la Pontificia, cuando ninguno de nosotros creo que ni siquiera había soñado en eso del periodismo. Sin embargo, dos o tres años después, Rodríguez, Ortiz, Quevedo y Lara acabamos uniendo la profesión periodística a la de la abogacía que estábamos estudiando. Nos iniciamos, casi juntos, en el inolvidable diario El Tiempo; cronistas primero, editorialistas a poco, alumnos de su director, Carlos de la Torre Reyes, querido amigo, uno de los más importantes intelectuales del siglo pasado.
¿De dónde la preocupación literaria de los siete? Aparte de la que inculcan los padres y profesores (nosotros tuvimos ese formidable maestro que fue Hernán Rodríguez Castelo, cuando, jesuita aún, enseñaba Literatura y Filosofía a los Sociales del San Gabriel), pienso que bastante tuvo que ver nuestra pertenencia a la Academia Literaria del Colegio, ahora enterrada en ignota tumba, en la que, perdón por los olvidos, tuvimos como compañeros a los Albán Gómez, Ponce Cevallos, Vladimiro Rivas, Diego Araujo, Pedro Velasco, Manuel Castro y mucha más gente enrolada después, sino en lo literario, en altos niveles de lo intelectual, social y político.
¿Se repiten estas generaciones? ¿Se hace lo posible por crear, estimular, cultivar nuevas generaciones? Bien se sabe, aunque no lo digan los torpes heráclitos de aldea, que las repeticiones al carbón son imposibles y, además, indeseables. Siendo eso cierto, ¿por qué se desdeña ahora la formación humanística? Algo peor: ¿por qué ha pasado de moda eso de formar clases dirigentes y por qué hay quienes se contentan con formar medianías?
Hora GMT: 25/Septiembre/2009 - 05:11
