

En el hombre que ataca a la mujer a golpes por celos, por no
encontrar la comida lista o la ropa lavada, hay una motivación
inmediata que le permite encontrar razones para el maltrato:
pero ese mismo hombre que hace de su mujer un saco de golpes
para desahogar sus frustraciones es el mismo que en el
trabajo, con los amigos, en otros espacios donde generalmente
carece de poder, no se atreve a descargar su violencia, sólo
lo hace en el protegido espacio privado, con los que dependen
de él, con los que están subordinados y con quienes le
proporcionan la ocasión para sentirse fuerte, el amor, el que
manda.
El poder del más fuerte
Es decir, que la violencia dentro e la familia no solamente es
vehículo para descargar frustraciones, limitaciones,
conflictos. Es una de las manifestaciones más crudas del poder
del más fuerte sobre el que le está sometido, sobre el que es
dependiente; es, nuevamente, como en lo político, económico y
social, el arma más eficaz para someter, para doblegar
voluntades, para perpetuar costumbres dentro de la familia que
tienen carácter sagrado, especialmente en lo que toca al rol
de las mujeres, esposas y madres abnegadas.
La agresión y la violencia hacia la mujer y los hijos en la
familia se vuelve el pan diario cuando el hombre necesita
permanentemente reforzar su posesión sobre ellas y ellos. Este
afán de posesión sobre los otros es una e las actitudes más
permanentes y ancestrales en nuestra cultura, reforzadas, sin
duda, por el ideal de amor romántico al que se le canta en la
poesía, el arte, la música, y que dramáticamente se impone por
la fuerza en la vida cotidiana mediante actos bárbaros de
violencia,
M. Uribe et al. en "Violencia en la intimidad".