El abusador está en casa


        No es fácil separar del abuso sexual ciertos maltratos físicos, verbales o morales que directamente atentan a la imagen del cuerpo, a la feminidad o al destino en el mundo como varón o mujer. Esto es mucho más evidente y grave cuando se trata de niñas y niños. Cuando la madre le grita a su niña: eres una perra, eres una desgraciada, ¿acaso no atenta contra la imagen del ser de mujer, contra el destino de la feminidad en la sociedad, acaso no la ubica en el lugar de la mujer mala? Según el DNI, en el Ecuador, casi tres de cada diez niños han sufrido algún tipo de abuso sexual.
La sociedad y sus instituciones son cómplices y encubridores de esta clase de atentados a los derechos de niños y niñas. Pese a que en la casa y en la comunidad se conocen estos datos, no se hace nada para prevenir a los pequeños. En éste y en otros campos de las relaciones interpersonales, parecería que es mejor echar un velo de desconocimiento y silencio antes que enfrentar uno de los acontecimientos más dolorosos por los que puede atravesar un sujeto, particularmente si es niña o niño. En gran medida, este silencio se produce porque los abusadores de menores son sus propios parientes. "Así se explica que únicamente cinco de cada diez niños y niñas entrevistados sepan qué es el abuso sexual. Si lo desconocen, no podrán ni denunciar, ni acusar ni siquiera diferenciar para sí mismos lo que les acontece en la relación con el abusador que, en la mayoría de los casos, suele ser alguien allegado a la familia" (DNI, 1997). Lo son también los profesores de los primeros grados de escuela.
El abuso sexual produce en las pequeñas y en los niños profundos sentimientos de desconcierto, les invade la impotencia y la ira junto con el temor de que vuelva a repetirse, y también culpa porque, desde sus fantasías, se creen causantes de esos y otros males. Esa inmensa ira, una agobiante vergüenza y desprecio personal porque quien lo hizo no fue un extraño sino alguien íntimo de la casa, su primo, el hermano mayor, el tío, el abuelo o el mismo papá, o su profesor.
Es bien sabido que muy pocos abusadores son declarados culpables por la justicia. La misma sociedad ha creado toda clase de subterfugios jurídicos y administrativos destinados a sostener una sistemática impunidad. El positivismo jurídico termina siendo cómplice de estos crímenes. ¿Cuánto puede valer la palabra de una niña a quien ni su mamá la cree frente a la de su papá o la de su tío? La ausencia de las evidencias físicas garantiza la impunidad, pese a que el agresor haya sido identificado por la víctima. En efecto, según datos muy recientes, de cada diez denuncias de abuso, las víctimas identificaron a ocho agresores. Y, sin embargo, apenas uno de cada diez recibió sentencia (G. León).


DENUNCIAS DE VIOLENCIA SEXUAL

Frente a la idea generalizada de que las violaciones ocurren en despoblados ofuera de la casa, las cifras muestran que las violaciones, en un 83.1%, se cometieron en la casa de la victima o del agresor.
Tal hecho hace ver la necesidad de una formación especial de las mujeres para detener la conducta agresiva de los hombres.
Denuncias de Violencia sexual
(en Quito y Guayaquil - 1989 -1992)
Por lugar de agresión

Lugar          Número        Porcentaje
Casa           1.761            50.7%
Calle          1.372            39.5%
Despoblado       150             4.3%
Trabajo           32             0.9%
Otro/no registra 156             4.5%
Fuente: Censo Juzgados de Instrucción - Quito y Guayaquil -1993

 

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