

Pese a los esfuerzos que las parejas realizan, con frecuencia
la relación se complica y empieza a minarse sin necesidad de
que se hayan presentado grandes conflictos. La cotidianidad
está llena de sorpresas, pero también de rutinas que
empobrecen. Muchas mujeres dejaron de ser esposas y se
transformaron exclusivamente en mamás a tiempo completo.
Hipotecaron su vida a una maternidad que la sociedad alaba,
pero que puede disecar la vida personal. Mamá y ama de casa.
Servidora de todos. A veces de manera muy consciente, otras de
forma soterrada e inconsciente, la insatisfacción inunda y se
expresa en un malestar generalizado, en una angustia que
invade la cotidianidad o en violencia.
También la paternidad es hipotecante en una época marcada por
el consumismo, por la urgencia de cubrir demandas familiares
sostenidas en las exigencias sociales de mercado. Pese a las
reales e imaginarias libertades, el varón, esposo y padre, es
igualmente víctima del sistema que le exige sin tomar en
cuenta sus capacidades, habilidades, deseos. Incluso, pese a
los éxitos económicos, muchos arrastran grandes frustraciones.
Por otra parte, desde niño se le enseñó al hombre que la
violencia, la rudeza, la fuerza, la imposición son las
características adecuadas para expresar la virilidad.
Existen desigualdades y disparidades que la sociedad sostiene
y que marca el que el esposo y la esposa, el varón y la mujer
se relacionen de dirente manera ante la cotidianidad. Para el
varón, ser dueño del dinero, poseer toda la autonomía
necesaria para salir y entrar, para relacionarse con
cualquiera, vivirse como jefe, autoridad y ley a la que deben
someterse todos. El varón posee un poder sacralizado por la
misma ley y las costumbres.
La obligatoriedad del trabajo doméstico para la mujer, o del
cuidado del mismo, la responsabilidad de la cotidianidad de
hijos e hijas y de su educación académica. Todo esto, tarde o
temprano, termina convirtiéndose en perverso escenario para la
confrontación y la violencia. Porque se trata de un régimen
que esconde grandes y hondas desigualdades.
La verdad de las diferencias entre mujeres y varones se ha
transformado en justificaciones para sostener las
desigualdades ante idénticos procesos o acontecimientos dentro
de lo doméstico, incluyendo la sexualidad. Por supuesto que
entre varones y mujeres no solamente existen diferencias; se
dan también desigualdades que diferencian los géneros y que
colocan a varones y mujeres en espacios distintos frente al
deseo, el cuerpo, el placer y el goce. Pero lo que se torna
agresiva es la utilización de las diferencias y desigualdades
como elementos de dominio y de anulación.
Pese a que se han producido cambios en las representaciones en
torno a los derechos, a la autonomía y la libertad respecto a
la mujer, la praxis sigue siendo conflictiva porque los
modelos sociales ancestrales se resisten al cambio. Esta
resistencia es evidente no sólo en los varones. Con
frecuencia, forma parte de la vida de las mismas mujeres. Por
el peso de la influencia religiosa y también porque a ellas
casi siempre les toca la peor parte de las separaciones,
muchas mujeres prefieren seguir cargando la cruz de su
matrimonio. Al hacerlo, de alguna manera, autorizan la
violencia en un esposo ante quien se presentan como
víctimas.
En la relación de pareja se reproducen las formas específicas
de violencia a las que se suele denominar maltrato y que no
han sido ni identificadas ni estudiadas con suficiente
profundidad y seriedad. Recién en estos últimos años el
maltrato doméstico y en la pareja ha sido identificado como
expresión de la violencia doméstica. Es un monstruo de mil
caras. Es la agresión física, pero también la verbal, el
insulto que ofende la dignidad, las actitudes que limitan la
capacidad de la libertad personal, las prohibiciones que
atentan a la libre determinación, el abuso de la autoridad,
las ofensas al pudor, al sentido de pertenencia de su propio
cuerpo, al derecho a decidir sobre su sexualidad.
En la práctica, de 100 mujeres agredidas, 90 lo son por su
esposo. Pero casi nadie protesta. Una cultura de sometimiento
y el modelo de mujer mártir han construido un silencio que, en
última instancia, termina siendo cómplice.
"Sucede, señora Comisaría, que, desde hace 10 años vivo con
José con quien tengo 3 hijos menores de edad. Debo señalar
que, pese a todo lo que él me ha hecho, nunca le he reclamado,
ni reprochado nada. Siempre he aguantado" (G. León).
Violencia sexual
Desde las prácticas sociales, se presupone que la sexualidad
de la esposa es propiedad del esposo. A ella le corresponde
por obligación satisfacer todas sus exigencias sin protesta ni
reclamo. De ahí que el marido o compañero utilice el cuerpo y
los deseos de ella como escenario para agredirla: prácticas
sexuales que no le agradan, relaciones mantenidas a la fuerza.
Aunque la ley no lo considera como tal, son innumerables las
esposas ciertamente violadas por sus maridos.
La sexualidad no es ni un accidente ni una parte del cuerpo,
ni una función que se ejerce de vez en cuando o nunca ni,
menos aún, un accidente en la vida. La sexualidad es el ser
humano en su totalidad, es la condición de su presencia en el
mundo como mujer o como varón. Por lo mismo, violencia al
cuerpo, al ser de mujer o de varón, a los principios, valores,
creencias y actitudes que alguien posee termina siendo
violencia sexual en estricto rigor.
La violación, por ejemplo, no es tan sólo la abusiva
utilización del cuerpo de alguien en pos de un placer
perverso. Antes que el acto físico en sí mismo, es la
intromisión en la intimidad de alguien, mujer o varón, niño o
niña sin su consentimiento, sin ser invitado. El violador se
acerca con violencia o engaño, toma y deja al otro como
objeto, hace del cuerpo del otro un objeto para un uso
perverso. Y luego lo abandona como un despojo, como un cadáver
que repugna. La violación destruye la ética social, desconoce
el principio de que la sexualidad se comparte desde la
libertad, el deseo y la ternura en pos de un goce compartido.
El violador no hace el amor. Ultraja, agrede incluso hasta
producir la muerte de su víctima.
Desde la infancia, la mujer teme la intromisión violenta e
indeseada de alguien en su intimidad. En la adolescencia,
esta posición adquiere nuevas características y se transforma
en un temor que la mantiene siempre alerta puesto que la
adolescente se sabe mujer deseada, buscada e incluso
perseguida por los varones de todas las edades. El aspecto
que más nos preocupa es la violación. Siempre los chicos y las
chicas tenemos ese miedo a descubrir lo que será. Entonces,
cuando nos violan, nuestra intimidad, lo que nosotras tenemos
tan adentro, nos dan un golpe tan duro que sería lo más que
alguien podría conocer (R. Tenorio, et al.).
Incluso en la relación de pareja, la sexualidad es privacidad
e intimidad. En la mujer es como un claustro al que únicamente
tiene acceso quien es expresamente invitado. Violación
proviene de violencia. Se abusa del otro mediante la fuerza o
el engaño o el aprovechamiento de la debilidad, la buena fe o
la ingenuidad. "Una muchachita se iba a la tienda que hay por
mi casa, iba a comprar. Y después que ya iba a la casa, le han
salido al paso unos hombres que le han pegado, le han
maltratado y después ya han hecho, le han violado."
El abuso sexual es un ejemplo del rompimiento del ordenamiento
social y cultural. Quien abusa sexualmente del otro, lo
desconoce como sujeto en su libertad y en su deseo. Cuando se
toma en cuenta el goce del otro para el goce propio, es
imposible dejar de lado la libertad y la ternura. El amor nace
como bien propio y es destinado a quien el deseo elige en
medio de un complejo e inexplicable proceso de conquista.
Semilla y fruto al mismo tiempo, da cuenta de un perenne
proceso de generación entre dos.
La violencia sexual que se ejerce contra la mujer no siempre tiene un adecuado registro en las estadísticas oficiales. Además, los mecanismos policiales y de la función judicial presentan vacíos. Pero, sobre todo, los deformantes valores machistas colocan a la mujer en una situación de desventaja en la sociedad y la convierten en una víctima muy frecuente de la agresión por parte del varón. El gráfico, que recoge los datos de los juzgados de instrucción de Guayaquil y Quito en cuanto a delitos de rapto, violación, estupro y atentados contra el pudo, revela el aumento de la violencia sexual contra la mujer. Los autores de esa violencia, en la mayoría de casos, no son desconocidos. Denuncias procesadas Violencia sexualFuente: Censo Juzgados de Instrucción - Quito - Guayaquil |