Con el amor y la violencia
II parte


        Pese a los esfuerzos que las parejas realizan, con frecuencia la relación se complica y empieza a minarse sin necesidad de que se hayan presentado grandes conflictos. La cotidianidad está llena de sorpresas, pero también de rutinas que empobrecen. Muchas mujeres dejaron de ser esposas y se transformaron exclusivamente en mamás a tiempo completo. Hipotecaron su vida a una maternidad que la sociedad alaba, pero que puede disecar la vida personal. Mamá y ama de casa. Servidora de todos. A veces de manera muy consciente, otras de forma soterrada e inconsciente, la insatisfacción inunda y se expresa en un malestar generalizado, en una angustia que invade la cotidianidad o en violencia.
También la paternidad es hipotecante en una época marcada por el consumismo, por la urgencia de cubrir demandas familiares sostenidas en las exigencias sociales de mercado. Pese a las reales e imaginarias libertades, el varón, esposo y padre, es igualmente víctima del sistema que le exige sin tomar en cuenta sus capacidades, habilidades, deseos. Incluso, pese a los éxitos económicos, muchos arrastran grandes frustraciones. Por otra parte, desde niño se le enseñó al hombre que la violencia, la rudeza, la fuerza, la imposición son las características adecuadas para expresar la virilidad.
Existen desigualdades y disparidades que la sociedad sostiene y que marca el que el esposo y la esposa, el varón y la mujer se relacionen de dirente manera ante la cotidianidad. Para el varón, ser dueño del dinero, poseer toda la autonomía necesaria para salir y entrar, para relacionarse con cualquiera, vivirse como jefe, autoridad y ley a la que deben someterse todos. El varón posee un poder sacralizado por la misma ley y las costumbres.
La obligatoriedad del trabajo doméstico para la mujer, o del cuidado del mismo, la responsabilidad de la cotidianidad de hijos e hijas y de su educación académica. Todo esto, tarde o temprano, termina convirtiéndose en perverso escenario para la confrontación y la violencia. Porque se trata de un régimen que esconde grandes y hondas desigualdades.
La verdad de las diferencias entre mujeres y varones se ha transformado en justificaciones para sostener las desigualdades ante idénticos procesos o acontecimientos dentro de lo doméstico, incluyendo la sexualidad. Por supuesto que entre varones y mujeres no solamente existen diferencias; se dan también desigualdades que diferencian los géneros y que colocan a varones y mujeres en espacios distintos frente al deseo, el cuerpo, el placer y el goce. Pero lo que se torna agresiva es la utilización de las diferencias y desigualdades como elementos de dominio y de anulación.
Pese a que se han producido cambios en las representaciones en torno a los derechos, a la autonomía y la libertad respecto a la mujer, la praxis sigue siendo conflictiva porque los modelos sociales ancestrales se resisten al cambio. Esta resistencia es evidente no sólo en los varones. Con frecuencia, forma parte de la vida de las mismas mujeres. Por el peso de la influencia religiosa y también porque a ellas casi siempre les toca la peor parte de las separaciones, muchas mujeres prefieren seguir cargando la cruz de su matrimonio. Al hacerlo, de alguna manera, autorizan la violencia en un esposo ante quien se presentan como víctimas.
En la relación de pareja se reproducen las formas específicas de violencia a las que se suele denominar maltrato y que no han sido ni identificadas ni estudiadas con suficiente profundidad y seriedad. Recién en estos últimos años el maltrato doméstico y en la pareja ha sido identificado como expresión de la violencia doméstica. Es un monstruo de mil caras. Es la agresión física, pero también la verbal, el insulto que ofende la dignidad, las actitudes que limitan la capacidad de la libertad personal, las prohibiciones que atentan a la libre determinación, el abuso de la autoridad, las ofensas al pudor, al sentido de pertenencia de su propio cuerpo, al derecho a decidir sobre su sexualidad.
En la práctica, de 100 mujeres agredidas, 90 lo son por su esposo. Pero casi nadie protesta. Una cultura de sometimiento y el modelo de mujer mártir han construido un silencio que, en última instancia, termina siendo cómplice.
"Sucede, señora Comisaría, que, desde hace 10 años vivo con José con quien tengo 3 hijos menores de edad. Debo señalar que, pese a todo lo que él me ha hecho, nunca le he reclamado, ni reprochado nada. Siempre he aguantado" (G. León).


Violencia sexual

Desde las prácticas sociales, se presupone que la sexualidad de la esposa es propiedad del esposo. A ella le corresponde por obligación satisfacer todas sus exigencias sin protesta ni reclamo. De ahí que el marido o compañero utilice el cuerpo y los deseos de ella como escenario para agredirla: prácticas sexuales que no le agradan, relaciones mantenidas a la fuerza. Aunque la ley no lo considera como tal, son innumerables las esposas ciertamente violadas por sus maridos.
La sexualidad no es ni un accidente ni una parte del cuerpo, ni una función que se ejerce de vez en cuando o nunca ni, menos aún, un accidente en la vida. La sexualidad es el ser humano en su totalidad, es la condición de su presencia en el mundo como mujer o como varón. Por lo mismo, violencia al cuerpo, al ser de mujer o de varón, a los principios, valores, creencias y actitudes que alguien posee termina siendo violencia sexual en estricto rigor.
La violación, por ejemplo, no es tan sólo la abusiva utilización del cuerpo de alguien en pos de un placer perverso. Antes que el acto físico en sí mismo, es la intromisión en la intimidad de alguien, mujer o varón, niño o niña sin su consentimiento, sin ser invitado. El violador se acerca con violencia o engaño, toma y deja al otro como objeto, hace del cuerpo del otro un objeto para un uso perverso. Y luego lo abandona como un despojo, como un cadáver que repugna. La violación destruye la ética social, desconoce el principio de que la sexualidad se comparte desde la libertad, el deseo y la ternura en pos de un goce compartido. El violador no hace el amor. Ultraja, agrede incluso hasta producir la muerte de su víctima.
Desde la infancia, la mujer teme la intromisión violenta e indeseada de alguien en su intimidad. En la adolescencia, esta posición adquiere nuevas características y se transforma en un temor que la mantiene siempre alerta puesto que la adolescente se sabe mujer deseada, buscada e incluso perseguida por los varones de todas las edades. El aspecto que más nos preocupa es la violación. Siempre los chicos y las chicas tenemos ese miedo a descubrir lo que será. Entonces, cuando nos violan, nuestra intimidad, lo que nosotras tenemos tan adentro, nos dan un golpe tan duro que sería lo más que alguien podría conocer (R. Tenorio, et al.).
Incluso en la relación de pareja, la sexualidad es privacidad e intimidad. En la mujer es como un claustro al que únicamente tiene acceso quien es expresamente invitado. Violación proviene de violencia. Se abusa del otro mediante la fuerza o el engaño o el aprovechamiento de la debilidad, la buena fe o la ingenuidad. "Una muchachita se iba a la tienda que hay por mi casa, iba a comprar. Y después que ya iba a la casa, le han salido al paso unos hombres que le han pegado, le han maltratado y después ya han hecho, le han violado."
El abuso sexual es un ejemplo del rompimiento del ordenamiento social y cultural. Quien abusa sexualmente del otro, lo desconoce como sujeto en su libertad y en su deseo. Cuando se toma en cuenta el goce del otro para el goce propio, es imposible dejar de lado la libertad y la ternura. El amor nace como bien propio y es destinado a quien el deseo elige en medio de un complejo e inexplicable proceso de conquista. Semilla y fruto al mismo tiempo, da cuenta de un perenne proceso de generación entre dos.


VIOLACIONES, ESTUPROS, ATENTADOS CONTRA EL PUDOR

La violencia sexual que se ejerce contra la mujer no siempre tiene un adecuado registro en las estadísticas oficiales. Además, los mecanismos policiales y de la función judicial presentan vacíos. Pero, sobre todo, los deformantes valores machistas colocan a la mujer en una situación de desventaja en la sociedad y la convierten en una víctima muy frecuente de la agresión por parte del varón.
El gráfico, que recoge los datos de los juzgados de instrucción de Guayaquil y Quito en cuanto a delitos de rapto, violación, estupro y atentados contra el pudo, revela el aumento de la violencia sexual contra la mujer. Los autores de esa violencia, en la mayoría de casos, no son desconocidos.
Denuncias procesadas
Violencia sexual
(en Quito y Guayaquil - 1989 -1992)
1989 1990 1991 1992 Sub Total % total Violación 502 341 314 377 1534 Rapto y violación 336 279 207 158 980 2514 72.3 Atentado al pudor 263 165 143 107 678 19.5 Estupro 66 80 86 53 285 8.2 Total 1167 865 750 695 2514 3477 100.0
Fuente: Censo Juzgados de Instrucción - Quito - Guayaquil

 

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